sábado, 12 de agosto de 2017

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

1. El evangelio de hoy tiene un contexto: Jesús con el concurso de los apóstoles ha alimentado a una multitud en el desierto. Luego confía la misión a los apóstoles de precederle a la otra orilla del lago de Genesaret. Que le allanen el camino a dondequiera que vayan. Él se queda solo en la montaña, orando.
2. Es lo que hacemos ahora. Alimentados con el Pan que es Jesús, se nos despide diciendo: Podéis ir en paz. No se nos dice que hemos cumplido con nuestra tarea. No. Jesús, con las palabras del sacerdote, nos envía a la otra orilla para que le abramos el camino, para que nos llevemos a casa la buena nueva y la hagamos correr. Nosotros, como Iglesia, somos la prolongación visible de la presencia de Jesús en nuestro ambiente. Somos su sacramento. Jesús confía en nosotros.
3. En la pequeña iglesia que es la comunidad cristiana o la familia y la gran Iglesia universal somos la barca de Pedro sacudida por adversarios de todo tipo: con el viento contrario y las olas encrespadas del mar. Hoy a menudo los cristianos somos duramente combatidos por todas partes o sabiamente ignorados por el hecho de ser lo que somos. Cualquiera puede presumir de este carné o del otro. Las puertas se le abren. Pero que no presuma de ser cristiano o de creer en Dios. Muchas puertas se le cerrarán. O le declararán persona no grata. Como a Jesús.


4. No temamos. Seamos honrados y coherentes manteniendo nuestras convicciones cristianas sobre la vida, la palabra, el amor, el matrimonio, la libertad frente a tantas tendencias deshumanizadoras. No será nada fácil mantenerse firme y flexible ante una sociedad que se traga sin pestañear el sapo de la postverdad: La mentira repetida se convierte en verdad aceptada acríticamente. 

5. Entre tanto ¿dónde está el Señor? ¿Todavía en el monte orando? ¿No será un fantasma lo que vemos? Tal vez sí que hemos convertido a Jesús en un ente raro, envuelto entre nubes de algodón, sin ninguna capacidad de atraer o entusiasmar.

6. Arriesguémonos, tirémonos al agua como Pedro atraídos por la presencia y la palabra de Jesús. Pero es tan fuerte el vendaval... ¡Que nos hundimos, Señor! ¡Sálvanos, Señor!
7. ¿A dónde vais con tan poca fe? Agarrémonos fuerte de su mano que lleva la marca de unos clavos. Está clavado en nuestra misma cruz. Es fuerte y nos comunica su fuerza. 
No tengamos miedo. Con nuestro miedo hacemos más audaces a nuestros adversarios. No tenemos nada que perder. Queriendo salvar la piel, lo echaríamos todo a perder.
8. Liberémonos de fantasmas, de falsas ideas de Dios, de Jesús, de la iglesia y de nosotros mismos y abracémonos con amor a la verdad que nos hará libres... porque nos hace hijos y hermanos.
9. Tenemos el ejemplo de un predecesor y maestro de la fe. San Pablo. Es un patriota. Decirse patriota en ciertos ambientes hace tan carca cómo definirse cristiano. Pues, no. Pablo ama apasionadamente a su pueblo. Valora sobre todo que de Israel proviene, en su humanidad, el Mesías, que es, por encima de todo, Dios bendito por siempre jamás. ¡Amén! Por eso le duele tan profundamente que buena parte de su pueblo no haya aceptado ni reconocido Jesús. ¡Cómo querría ser entregado a la destrucción y ser separado del Cristo, si esto ayudase a mis hermanos, los de mi nación judía!
10. La actitud de Pablo no es chovinismo ni “nacionalismo” de vuelo gallináceo. Si los cristianos hubiéramos leído y aprendido lo que Pablo dice de Israel escribiendo a los Romanos, nos habríamos ahorrado todas las atrocidades perpetradas a lo largo de los siglos contra el pueblo judío, tantas veces recluido en “juderías o guetos” en tantos pueblos nuestros. Y la infame shoah –el holocausto- ejecutada en los campos de exterminio. 
11. Como san Pablo tal vez nos lamentemos que en un pueblo de tan profundas raíces cristianas, las hayamos en buena parte abandonado. Pero no temamos. Recojamos el espíritu de los beatos Pere Tarrés y Francesc Castelló que en un país tremendamente agitado, supieron organizar a muchísimos jóvenes que sentían el orgullo de ser cristianos. En un mundo ingrato y triste somos caballeros, fieles a Cristo.
Texto: J. Sidera cmf
Foto: archivo Cultura y Fe hoy

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