miércoles, 31 de mayo de 2017

DESDE DENTRO

Que cada día tiene su afán ya lo sabemos. Y que cada cosa tiene que tener su tiempo, también. Pero a veces dejamos “esos tiempos” y vivimos pisando el acelerador, es decir, acelerados. Metidos en el tren de las prisas y de la precipitación somos violentos hasta con el tiempo. ¿No son las prisas un modo de violencia contra el tiempo, quitándole el ritmo que cada cosa requiere? Y lo serio del asunto es que, al final, no son las cosas sino la vida misma, nuestra existencia, la que debe ser respetada en su tiempo y no vivirla con esas prisas que impiden la serenidad necesaria para darnos cuenta de que vivimos y de cómo vivimos. “¿Me quieres decir qué vas a hacer este fin de semana”? “No tengo tiempo”, se me contestó. Pensé, con buena intención, que no había entendido la pregunta y que, con las prisas, debió pensar que le pedía algo. 

Está el otro extremo, que ya se sabe que el equilibrio siempre es difícil. Pues que también hay gente que carece de rapidez y de motivación por algo y arrastra el tic tac de la vida sin proyectos y sin sentido. Sin estas cosas tan básicas, proyecto y sentido, no se mueve nada y es como ir por la vida sin motor. Esas gentes van y vienen sin más programa que dejar pasar las horas aunque, eso sí, diciendo “desde su lógica” que mejor si se pasan bien y que allá cada cual con sus problemas “que yo ya tengo bastante con los míos”. 
¿Y dónde estará la virtud que llaman centro? La respuesta es fácil y difícil, todo junto. Está en hacer las cosas con amor. El amor hace despertar de cualquier letargo y sin prisas permite parar lo que sea necesario para contemplar el mundo y para mirar a los demás como si fueran algo mío. Y si al amor se le añade la fe permite levantar los ojos al cielo y llamar Padre a Dios. Quizá todo se pueda resumir diciendo que como mejor se va a vivir, sin prisas y con sentido, es viviendo la vida “desde dentro”.

Texto: J. Ferrer
Foto: Cultura y Fe hoy

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