martes, 18 de abril de 2017

UNO A UNO.

¿Se encerrará el misterio de la vida en cada uno? En mí está todo lo mío. Y en ti, todo lo tuyo. Me admiran las personas que, atendiendo a todos, centran sus ojos en cada uno. Jesús, lean el Evangelio, mira con amor a las personas una a una. Ve a Bartimeo, un ciego al borde del camino, y a Zaqueo, subido a un árbol, y a la mujer que le toca el manto para curarse, y a la que le unge los pies con un perfume de nardo en casa de un fariseo, y al joven rico que le pregunta qué ha de hacer para salvarse, y al buen ladrón junto a él en una cruz, y a cada uno de los apóstoles a quienes llama por su propio nombre… Somos amados por Dios uno a uno.
La Semana Santa es para todos. Pero ya el apóstol Pablo les dijo emocionado a sus discípulos recordando la muerte de su maestro: “me amó y se entregó por mí”.  En ese “mi” estaba él y estamos todos, uno a uno. El secreto de Jesucristo estuvo es fijarse en las personas, en cada persona. Su vivir, morir, y resucitar, fue y es para todos pero desde el milagro del amor que siempre ama uno a uno. Como una madre, que ama a todos sus hijos “uno a uno”.
Durante la ocupación alemana la enfermera polaca Irena Sendler salvó a más de 2.500 niños judíos. Uno a uno. Y el ciclista Gino Bartali salvó a casi 1.000 judíos transportando sus documentos uno a uno. Y Maximiliano Kolbe, en el horror de Auschwitz, oyó y vio el dolor de aquel padre de familia que iba ser aniquilado y se cambió por él. 
Hay experiencias duras de soledad: como cuando el dolor se me hace grande, como cuando pienso que mi vida es lo mismo que un número que nadie aprende, como cuando todo alrededor es anónimo y sin figura. Pero todo cambia con la gran novedad: todo se hace nuevo si un día puedo sentir que alguien se fija en mí, me escucha y me ayuda. Mi vida ya no se cambia de sitio, como se hace con una maceta rota, como advertía la pequeña Momo en la novela de Michael Ende, sino que empiezo a sentirme único entre todos y eso es estar, privilegiadamente, vivo.
¿Se encerrará el misterio de la vida en cada uno? Y más. ¿Se encerrará el misterio de la vida que se siente amada, una a una, en la oración? Rezar, como suena y sin más, es ese espacio donde uno se sabe recibido por Dios. En la oración me identifico yo mismo ante Dios y así puedo sentir además que la vida de todos los demás, que ya no importa ni la clase social, ni la cultura, ni el color ni la raza, es única también y hay que defenderla de cualquier agresión. Y lo de ahora mismo: Semana Santa. ¡Claro que es para todos! Pero hay que recibirla uno a uno.

Texto: J. M. Ferrer
Foto: Cultura y Fe hoy

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