domingo, 30 de abril de 2017

DOMINGO III DE PASCUA

1. Nos podríamos preguntar: ¿Qué esperamos de la Iglesia? ¿Qué nos decepciona? ¿Por qué a veces es vista como un estorbo en la relación con Dios, con la familia, con la sociedad?
2. Estaría bien que nos lo planteáramos, porque hay quien se apunta o desapunta según el prestigio que tenga, o la audiencia o el caso que se le hace en su ambiente.
3. Esta sería la primera parte de la misa. Es lo que ocurría a aquellos dos muchachos de Emaús, discípulos tan entusiastas de Jesús, que con él anduvieron la larga subida hasta Jerusalén. Ahora desanda el camino y vuelven a refugiarse a su casa incapaz de vivir a la intemperie. Se desapuntan de la comunidad. Pero aún hablan Jesús: Un profeta poderoso en obras y en palabras ante Dios y el pueblo. Los grandes sacerdotes y las autoridades del nuestro pueblo lo han condenado a morir ignominiosamente clavado en la cruz. Nosotros esperábamos en él al libertador de nuestro pueblo. Ya han transcurrido tres días. Y nada de nada. Un gran profeta, un gran hombre y... un grande fracasado.
4. Y mientras ellos se desapuntaban y huían, unas buenas mujeres de la comunidad se apuntaban más que nunca. No han huido. Han ido al sepulcro. Estaba vacío. Y alborotan al personal hablando de unos ángeles que les han asegurado que ÉL vive. Unos del grupo han comprobado, pero no lo han encontrado.
5. Sin embargo lo tienen a su lado haciendo camino con ellos, incapaces de reconocerlo. Claro va vestido de peregrino. Pero afinan el oído. Es un peregrino anónimo pero no un cualquiera. Se sabe la biblia de memoria. Y como si estuvieran en misa, les echa una homilía, una conversación familiar, desmontando su idea del Mesías grande y victorioso que soñaban y que de pronto se ha ido a pique con su muerte ignominiosa en la cruz.
6. ¿No lo sabíais? El Mesías tenía que sufrir antes de entrar en su gloria. Se lo confirma repasando los escritos de Moisés y de todos los profetas. ¡Es esto el que la Biblia dice!
7. Los dos compañeros no lo acaban de entender, es cierto, pero el corazón les arde al oír las palabras del compañero todavía sin nombre. Y se les enciende la luz de la esperanza. Quédate con nosotros. Es tarde. El amigo anónimo acepta la invitación. Se sienta a la mesa con ellos. Y de invitado pasa a invitarlos él. Toma el pan, lo parte, lo reparte y lo comparte. Y cuando se les abren los ojos, ya no lo ven. No hace falta. ¡Saben que es Él! Lo han visto en el gesto de repartirles el pan.
8. Ahora lo entienden. Entienden lo que les decían las mujeres. Jesús VIVE. Y reemprenden impacientes el camino hacia Jerusalén a llevar la buena nueva a la comunidad. Se apuntan de nuevo a la comunidad – ¡la Iglesia!- y comparten con ella el gozo de sentirlo presente.
9. La historia de los dos de Emaús es nuestra propia historia. La enseñanza de Jesús, es la misma que transmite a nosotros en la Eucaristía de cada domingo. Se nos hace presente en la Palabra oída, comentada y asimilada, y en el Pan que partimos cuando actualizamos la memoria de Jesús.
10. Después de la consagración somos invitados a proclamar el misterio de la fe: el compendio de lo que creemos, anunciamos y esperamos. Anunciamos su muerte: Jesús ha muerto por nosotros. Proclamamos la resurrección, la suya y la nuestra: si hemos muerto con Cristo en el bautismo y nos hemos unido en la comunión, también compartiremos la resurrección. Ven, Señor Jesús. No nos ha dejado sólo. Viene cada vez que nos reunimos en su nombre. Y se nos hace presente en cada en nuestros hermanos. El que hacéis a cualquiera de ellos me hacéis a mí.
11. Como los dos de Emaús, pidamos que abrase nuestro corazón y nos abra los ojos. Y nos convierta en testigos suyos ante el mundo. Apuntémonos de corazón y con alegría a la causa de Jesús.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: Antoni Daufí cmf

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