domingo, 23 de abril de 2017

DOMINGO II DE PASCUA

Hoy va de domingos. Jesús manifiesta el gusto por el octavo día que inaugura la nueva creación. El primer domingo es el anochecer de Pascua. Los discípulos, muertos de miedo, se han encerrado en el cenáculo. De hecho era el miedo lo que los tenía encerrados a cal y canto. De pronto, cuando menos se lo esperaban, los sorprende la visita de Jesús. Los saluda dos veces dándoles la paz. Les enseña las manos y el costado. Es el mismo que fue crucificado, pero vive de un modo totalmente nuevo. Una nueva creación. 
Resucitando, Jesús ha roto todas las barreras de espacio y de tiempo y por esto puede estar presente a todo espacio y a todo tiempo. Nada ni nadie le impide comunicarse con los suyos y llenarlos de paz y alegría. 
Todavía no ha vuelto de su sorpresa, cuando los discípulos oyen propuesta imposible: Como el Padre me ha enviado, Yo os envío. Yo ha he cumplido ya con mi tarea, ahora os toca a vosotros continuarla. ¿Nosotros? Claro que sí. Cuenta con ellos. No estarán solos Y alienta sobre ellos. Recibid el Espíritu Santo. “Espíritu” quiere decir “aliento”. Con este aliento divino reconciliaréis a los hombres con Dios y a los hombres entre sí. Reharéis los puentes rotos por aquello que llamamos pecado.
Una pausa. Tomás es un hombre algos despistado y aquel día no “estaba en misa”. Como tantos otros cristianos que creen pero no practican. No tienen contacto con la comunidad.
Tomás tiene tantas ganas de ver Jesús, que de tanta alegría no logra creer. Ahora Jesús repite la escena del pasado domingo. “Aquí me tienes, Tomás. “¡Señor mío y Dios mío!” Hace la mayor profesión en Jesús Resucitado. ¡Dios y Señor! Tomás ha tenido suerte. Pero la nuestra es aún mayor. Creemos en Jesús resucitado y presente entre nosotros. Sin haberlo visto.
En otro domingo Juan recibió la revelación del Apocalipsis. Y los cristianos continuamos encontrándonos todos los domingos. Los cristianos primeros y los de ahora son personas que escuchan ávidamente el testimonio de los apóstoles. Comparten gozosamente lo que tienen. No hay pobres en la comunidad. Parten el pan. A la Eucaristía la llamaban fracción del pan. El pan partido. Partir, compartir y repartir. Y oran. Oran mucho.
Continuemos con la misa dominical. Pongamos en ella toda el alma. Con gran alegría. Dejémonos llevar por el Espíritu Santo que nos impulsa a continuar la obra de Jesús. Contagiemos la alegría pascual a tantos imitadores de Tomás que no creen si no ven. O que creen y no practican. Pero se quedan sin el contacto semanal con Jesús resucitado presente en la comunidad. Dónde hay dos o tres reunidos en mi nombre, estoy yo, dice Jesús. Jesús está aquí, en medio de nosotros. Alegrémonos. Aleluya.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: Jano

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