domingo, 12 de marzo de 2017

DOMINGO II DE CUARESMA

1. Nos cuesta creer en la humanidad de Jesús, el Hijo de Dios. Parece como si la condición de Hijo lo pusiera por encima o fuera de la realidad humana. Pedro se despistó cuando Jesús habló de un Mesías ninguneado, condenado a muerte y crucificado que después de todo resucitaría. No es presentable una resurrección pasada por la ignominia de la cruz. Jesús lo trata de Satanás. Hace el papel del diablo cuando lo tentó en el desierto.
2. Jesús no rebaja el tono de sus exigencias, pero se lleva a Pedro, Santiago y Juan al Tabor, una montaña alta, desde donde contemplarán el camino hecho y divisarán el que les queda.
3. Jesús se transfigura ante ellos: se quita el velo que ocultaba su realidad divina. Todo blancura y todo luz. Le acompañan dos personajes: Moisés y Elías conversando con Él. Jesús aprende de ellos que el camino de la liberación no tiene atajos. Que para llegar a la montaña de Dios hay que atravesar el desierto con hambre, sed y calor. No tentar a Dios. Fiarse enteramente de Él. Recuerdan la historia de Abraham: arriesga todo el que tenía confiando en las promesas de Dios. Un larguísimo camino.
4. Pedro disfruta escuchando la conversación. Se encuentra tan bien que ya se quedaría aunque que fuera durmiendo al raso mientras los tres personajes disfrutarían de una tienda individual.
5. De pronto la nube luminosa los cubre. Les afectará la misma suerte de Jesús. El Padre nunca se deja ver, pero ve y se hace oír remachando la proclamación del bautismo. “Este Jesús es mi Hijo”, actualizando la palabra el salmo segundo. “Muy amado”, como Isaac acompañando Abraham hacia el sacrificio. “Estoy contentísimo de ti” como del siervo siempre dispuesto a realizar el proyecto del Padre. El Hijo toma la condición de siervo, no la del amo que todo maneja. Escuchadlo. 
6. Sí, Pedro, escúchalo como te felicitó cuando lo confesaste Mesías, Hijo de Dios vivo. Escúchalo cuando habla de cruz. Y levanta los ojos y abre el corazón a la esperanza de que, si le acompañas Jesús a la cruz, lo acompañarás en la resurrección.
7. Los tres discípulos se espantan y, si estaban embobados escuchando la conversación de Jesús con Moisés y Elías, ahora se quedan inmóviles adorando. Jesús los vuelve a la realidad. Moisés y Elías ya han dicho lo que tenían. Ahora se encuentran con Jesús solos. Les basta. Hay que continuar el camino con él.
8. Ahora ya sabéis de donde he venido y adonde voy, ¿me queréis seguir? Andando pues. Seguidme, continuemos juntos nuestro camino. De momento no digáis a nadie lo que habéis visto y oído. Cuando Jesús, el Hijo y el Siervo, haya cumplido su regreso al Padre con la resurrección, todo se verás más claro.
9. Hay que continuar el camino como Abraham e Isaac, como Moisés y Elías, como Jesús y todos sus seguidores.
Desde el Tabor, desde esta Eucaristía, contemplemos y agradezcamos el camino que Dios nos ha dado recorrer. Y sabiendo hacia donde vamos y el camino que lleva, continuemos sin desfallecer nuestra ruta.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: paoline.org

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