sábado, 21 de enero de 2017

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO

1. Jesús, después de su paso por el desierto, emprende el anuncio de la buena nueva: Convertíos, que el Reino de Dios está cerca. Urge despertar a la gente mal acostumbrada a vivir a oscuras.
2. Tiene mucho trabajo y sale en busca de colaboradores. Los busca entre los pescadores y entre los publicanos.  Incluso entre los zelotes. Todos están metidos en asuntos muy importantes... Hay que tener las redes a punto. Nos va la vida. Jesús se los mira y hasta los admira. Pero... ¿y el reino de Dios?
3. Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres.  No se lo esperaban Pedro y Andrés, Santiago y Juan.  ¡Ea! Seguidme. Son generosos. Lo dejan todo, barca, redes, hasta el padre Zebedeo y siguen a Jesús el maestro itinerante, que enseña en las sinagogas y muestra que Dios se dispone a intervenir en el mundo. Lo muestra interesándose por el pueblo sencillo: enfermos, marginados, pecadores y pobres de todo tipo. Dios los ama.
4. Pero hay que convertirse. La conversión es una inversión en la escala de valores. Pedro lo ha entendido: la barca, la casa, las redes ya no son propiedad exclusivamente suya. Desde ahora, Jesús cuenta con la barca y con la casa de Pedro. Pedro pone su persona y todo lo que tiene a disposición de Jesús y de su causa. Esta es la conversión necesaria para seguir Jesús.
6. Abrir el corazón a Dios y a los hermanos. Mirar el mundo y a las personas con ojos nuevos y amarlos con corazón nuevo. Como Dios y Jesús y como Pedro y Marta y María y Mateo y  Zaqueo miran y aman.
7. Hoy Jesús no visita el lago de  Genesaret. Visita a su Iglesia... Y encuentra muchas y cada una mejor y más acogedora que la otra. Ve mucha ocupada en el culto, en el estudio, la  catequesis,  Cáritas, los sacramentos, la misa del pollito y del gallo. Y con tantos puntos de luz,  Jesús comprueba que el pueblo anda despistado como ovejas sin pastor. Y tantos pastores y pastoras y pastorcillos centrados en su pequeño rebaño...
8. Jesús no lo entiende. Antes de irse de este mundo, oraba: Padre Santo, que todos sean Uno. Así el mundo conocerá que me has enviado. (Jn 17, 11.21.22) ¿Dónde está la unidad por la que oraba al Padre? Nuestra desunión lo hace quedar mal ante el mundo. Lo hacemos quedar mal...
9.  Pablo se horrorizaba oyendo a los cristianos de  Corinto: «Yo soy de Pablo». «Pues yo, de Apolo». Y «Yo, de Cefas». ¿Y yo? «Yo, de Cristo.» ¿Cristo está dividido?  Esto no puede ser. Me da la impresión de que todos los cristianos y todas las iglesias estamos en una situación falsa. No es esto lo que Jesús quiere.
10. Convertíos, nos dice. Dejaos de redes y de grandes proyectos. Y SEGUIDME. No os centréis en vuestro grupo grande o pequeño. El centro es Jesús. Y decid juntos el Padre nuestro. Como hijos del mismo Padre y hermanos de Jesús. ¿Lo podéis rezar desunidos?
11. Y entre tanto ¿qué? Si no nos entendemos por el lenguaje, entendámonos por el amor, decía Ramón Lull. ¿Podemos hacer algo? Sí y mucho: primero, orar y mirar con los ojos de Jesús y amar con su corazón. Segundo: no ver un rival o enemigo en quien practica una “religión” diferente de la mía. Tercero: aprender de lo bueno que tienen: la celebración festiva y gozosa. La lectura de la Biblia. El bautismo recibido conscientemente, como una semilla que he de cultivar y hacer crecer...
12. Si después de todo esto hago mía la plegaria de Jesús: QUE TODOS SEAN UNO, habré puesto mi granito de arena en la tarea necesaria de lograr la unión de todas las iglesias en una de sola, formando un solo rebaño bajo el cayado del único PASTOR, Jesucristo.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: primeroscristianos.es

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