lunes, 16 de enero de 2017

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

1. Pablo saluda a los cristianos de Corinto deseándoles la gracia y la paz como lo hacían los griegos y los judíos. Los griegos deseaban gracia y alegría; los judíos: la paz. La gracia y la paz de Dios.
 2. Pablo es apóstol de Jesucristo, escogido y enviado por Dios y ve a los cristianos como Iglesia de Dios, arraigada en Corinto. La Iglesia no es un lugar; es la asamblea de las personas que creen en Jesús que las ha consagrado. Y están unidas a todos los cristianos del mundo que como ellos invocan el nombre de Jesucristo, único Señor de todos. Ser cristiano, ser iglesia de Dios vale la pena.
3. Nosotros, cristianos con vocación de ser totalmente de Dios, hemos recibido en el bautismo la misión de ser luz del mundo y sal de la tierra. Y aspiramos a hacer un poco más justo nuestro mundo y menos pobre y menos corrupto, más pacífico y respetuoso con las personas y con la naturaleza. Más habitable. Aspiramos a realizar el proyecto de Dios sobre el mundo.
4. San Pablo en tres líneas escribe cuatro veces el nombre de Jesús Cristo, Señor nuestro. La boca habla de lo que el corazón va lleno.  ¿Y quién es este Jesús Cristo? 
5.  Isaías nos habla de un Siervo. Dios está orgulloso de él. Lo ha amado y escogido antes de nacer para una misión concreta: hacer volver Israel del exilio a la patria, reunirlo de nuevo después de la dispersión causada por las diversas deportaciones. Es una gran misión, pero queda corta. Su misión es universal. El siervo de quien habla Isaías ilumina un aspecto de Jesús: es el Siervo de Dios. No ha venido a ser servido, como los poderosos de este mundo, sino a servir. El anciano Simeón, cuando tenía el niño Jesús en sus brazos, lo proclamó luz de todos los pueblos y gloria de Israel.
7. Juan Baptista presenta a Jesús con las palabras que repetimos en cada eucaristía: He aquí el cordero de Dios que carga con el pecado del mundo para destruirlo. Existía antes que Juan. Pero Juan no lo conocía. Pero, al bautizarlo vio al Espíritu Santo bajando del cielo como una paloma y reposando sobre Jesús. Lo reconoce como a dador del Espíritu.
8. El Apocalipsis presenta a Jesús como el Cordero de Dios (Ap 5,11) degollado pero victorioso que recibe el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, la gloria y la alabanza. Un Cordero así no hará mal uso de lo que ha merecido con su entrega personal por nosotros.
9. Este Cordero glorioso según Isaías (Is 53, 7) ha vivido primero el trance de la humillación suprema. El Señor ha cargado sobre él todas nuestras culpas. Es el cordero expiatorio. Jesús, como un cordero llevado al matadero, ni siquiera abre la boca. Nos redime y nos salva muriendo y resucitando por nosotros.
10.  Es también el Cordero pascual. Por pascua los israelitas comían –y comen- un cordero evocando la noche en que salieron de Egipto, donde vivían como esclavos, para emprender el camino de la libertad.
11. Leemos en el evangelio que Jesús, el cordero pascual, al morir, inclinó la cabeza y entregó el Espíritu. El Espíritu es el gran regalo que Jesús nos hace de parte del Padre. Este espíritu – suyo y nuestro- hace que desde el bautismo nos podamos sentir y ser hijos y hermanos. Este Espíritu nos purifica y perdona todos nuestros pecados. (20,22s).
12. La carta a los hebreos pone en labios de Jesús estas palabras del salmo: Tú no quieres ofrendas ni sacrificios. Por eso te digo: «Aquí estoy, Señor, para hacer vuestra voluntad. Lo que Jesús hace, está a nuestro alcance. Dios no nos pide cosas. Nos pide a nosotros mismos. Cuando decimos: Aquí estoy, Señor, hacemos nuestro el proyecto de Jesús. Encarnamos a Jesús. Es lo que hizo Santa María, madre de Dios y madre nuestra.
Texto: J. Sidera cmf
Foto: Cultura y Fe hoy

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