sábado, 19 de noviembre de 2016

SOLEMNIDAD DE N. S. JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

1. Es impresionante el himno que hemos leído de la carta a los cristianos de  Colossas: Jesucristo  es presentado como la bisagra que une la eternidad y el tiempo, la creación y la redención, el Hijo de Dios presente en la humanidad. Es la cara visible del Padre que ha creado por todo el universo –el mundo que vemos y el que no podemos ver- lo ha orientado hacia él, por Él y  es el punto de unión. Y hombre como es, es la cabeza de la Iglesia, nuestra cabeza. Murió y nos ha abierto cielo, camino hacia la resurrección. Este nuestro mundo enemistado con Dios, en Cristo ha vuelto a su amistad. Lo ha logrado amándonos hasta la muerte y una muerte de cruz. Tierra y cielo encuentran en él la paz.
2. No se puede decir nada más sublime y más maravilloso. La reacción es el canto sencillo y la adoración silenciosa. El mejor sería repetir y recitar y cantar estas maravillosas palabras que insinúan mucho más que no dicen. Todo ello es obra de un amor inmenso, infinito que empapa el pasado, el presente, el futuro y da sentido a la vida del cristiano.
3. Pero parece mentira que este Señor Jesucristo atraiga tanto de amor y a la vez tanta repulsión. Hay un salmo que dice: ¿Por qué se alborotan las naciones y los pueblos? Los reyes y los soberanos conspiran a la vez contra el Señor y su Ungido: ¡Rompemos sus vínculos! ¡Saquémonos su yugo!
3. Una Europa que es gracias a los siglos de cristianismo, haciéndose la sabia y la diez de la ilustración, cuando escribió su constitución se cerró de banda para no incluir ni la alusión tan sólo- en sus raíces cristianas. Años atrás, brillaba y enamoraba con los grandes valores. Hoy se ha vuelto vieja y estéril, una cueva de comerciantes y de mercaderes. Segadas las raíces, los árboles y las plantas se marchitan y los hombres viven en la superficialidad y la frivolidad.
4. Después de todo, repite la actitud de los contemporáneos de Jesús. Trasladémonos mentalmente al calvario. Parece que ante el Cristo crucificado tendría que haber al menos respeto. Y lástima. Cuando menos a la Madre del reo que estaba allí. Nada de esto. Todos reprochan lo mismo al  crucificado. Los representantes de la religión -los sacerdotes- se  burlan. «Él, que salvaba otros, que se salve él mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido». Los representantes de la fuerza, se  ríen también. Le ofrecían vinagre, la  posca, la bebida que ellos solían tomar cuando tenían sed: Si eres el rey de los judíos, sálvate tú mismo.  Un representante de los  crucificados del mundo,  dice también la suya. Se comprende aun así. ¿No eres el  Mesías? Sálvate a tí mismo y a nosotros». La fiesta sería completa.  El letrero de la cruz lo proclama: ¡El rey del judíos es este! Que lo demuestre pues, proclaman los santos, los defensores del pueblo y el  crucificado. Todos tienen ganas de creer en el Salvador. ¿Por un salvador como  éste?
5. En medio de tanta incomprensión, hay uno que reflexiona: un crucificado como Jesús y como su compañero. La voz en este Jesús algo único: es inocente. Él y su compañero, según la mentalidad de su tiempo, se lo habían ganado, la cruz con su actuación. Pero este no ha hecho nada de mal». Más bien tenía entendido que había pasado por todas partes haciendo el bien y defendiendo el pueblo no por la violencia sino por el camino del amor. Y su fe lo trae a la plegaria:  «Jesús, acordaos de mí cuando llegáis a vuestro Reino». Jesús le respondió: «Te lo digo con toda verdad: Hoy estarás conmigo en el paraíso».
6. Realmente, el jubileo de la Misericordia no podía cerrarse mejor. Jesús Rey muestra su grandeza perdonando. Padre, perdonadlos, que no saben lo que hacen. Que si lo hubieran sabido, escribe san Pablo, nunca habrían  crucificado al Señor de la gloria. Y en su grandeza no tiene ningún inconveniente a compartir su trono real con un pobre  crucificado como él. Con este  crucificado y con todos los  crucificados de la historia. Con esto llena de luz y de esperanza tantos millones de personas que viven a oscuras y en la desesperación, esperando que los súbditos del Rey que hoy celebramos, haremos nuestra su obra salvadora. Mostraremos que somos de Cristo no con la violencia de las armas, ni con las armas espirituales de la religión, ni con  dinero, sino haciendo nuestra su divisa: Yo, el hijo del hombre, el  Mesías, el Rey de Israel, el Elegido de Dios he venido al mundo no a ser servido sino a servir, servir dando mi vida, dando la vida por desdecir.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: catequesisdegalicia.com

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