jueves, 24 de noviembre de 2016

LA FIESTA DEL POBRE

La pobreza excluyente, la pobreza de pan y de amor, la marginación y ser el último, ser no considerado, transforma hasta el color de la piel. Hagan la prueba. Imagínense un grupo de rostros, de caras de frente. Es diferente el rostro del pobre. Se han divulgado estos días imágenes del Papa entre grupos de gente sin techo, pobres de identidad, con los que quiso celebrar una fiesta de misericordia antes de clausurar el “Año de la Misericordia”. No le hace falta a la imagen ni pie de foto ni titulares: los rostros hablan.

Esa gente, no, no es gente, son personas, no están invitadas a los banquetes de este mundo, ni a las cenas de los políticos, ni van con los famosos, ni, seguramente y el papa lo sabe, están en misa. Comen sobre trozos de papel, nunca están hartos y saben que en la única lista en la que están es en la lista de los parados. Pero tienen, y eso se ve muy claro en su rostro, ojos vivos que hacen preguntas y miradas que miran muy lejos, como buscando un horizonte que haga olvidar el suelo chato del presente.

Después de estar con el Papa han hablado y han dicho que han sido felices por un momento, que se han encontrado bien, que saben soñar, como todos, y que ese día se  había cumplido alguno de sus sueños. ¡Qué modos tiene este Papa de cerrar el Año de la Misericordia! Dos días antes había estado con los presos. ¡Imagínense qué mundos! Les dijo que la privación de libertad es la forma más dura de descontar una pena pero desde ahí les habló de la esperanza que nadie puede apagar. Nuestro corazón siempre espera el bien, les dijo. Y se lo debemos a la misericordia con la que Dios nos sale al encuentro sin abandonarnos jamás.

Sólo en el calendario se clausura el Año de la Misericordia. La misericordia de Dios sigue y los pobres saben que, pase lo que pase, siguen invitados a su fiesta.

Texto: J. M. Ferrer
Foto: manosunidas.org

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