jueves, 13 de octubre de 2016

ME ESCONDO

A veces necesitamos “huir”. Nos resulta todo muy complicado alrededor y nos decimos que solos estaremos mejor. Aunque solo sea un rato. “Que nadie me diga nada, que pueda hacer eso que me gusta y me relaja, escribir, leer, rezar, refugiarme en mis nostalgias…” Un rato al menos.
A veces, sí, necesitamos estar con nosotros mismos, estarnos con lo que vivimos y sentimos, ponernos las zapatillas y habitar en nuestra casa interior en la que no nos sentimos juzgados. Y después, sí, si hemos cogido fuerzas propias, ya saldremos fuera para seguir luchando codo con codo en lo que haga falta.
Ir al adentro de cada uno hace falta y hasta nos es necesario. Pero va bien eso si somos conscientes de nuestra doble condición, individual y social, y así nos damos cuenta de que para ser felices no nos bastamos solos. Mi ermita, mi habitación, mi adentro más personal, se me convierte en un refugio inhóspito si me encierro y no me abro a los demás. Lo que necesitamos, en verdad, es hacer esa dialéctica permanente: de dentro a fuera y de fuera a dentro. Cuanto más me aíslo más obligado estoy a salir y cuanto más estoy fuera más necesito volver a dentro. Es así el camino: yo y los demás, los demás y yo.
Y aún pienso que hay más. No nos bastamos solos ni nos bastan solo los otros.  No me basta el yo solo ni los demás conmigo. Hay Otro. Dios existe como plenitud, que, si no, no sería Dios, y demuestra esa plenitud plenificando a cada persona. Y si me importa mirarme a mí, y que los demás me miren, lo que al final me deja en mi sitio, en el mejor sitio, es mirar a Dios y dejarme mirar por Él. Desde ahí es, además, desde donde podré mirarme bien a mí y a los otros.

Texto: J.M.Ferrer
Foto: Cultura y Fe Hoy

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