lunes, 3 de octubre de 2016

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

1. A menudo se dice que la fe es creer lo que no se ve… ¡Malo! balsa. ¿Para qué queremos una fe así?  No, la fe es como unos catalejos, que nos permiten divisar lo que a simple vista no logramos ver. La fe es luminosa, capaz de iluminar toda la existencia humana.
2. Las lecturas de hoy nos muestran tres actitudes de fe:
La fe del centinela alerta: El profeta Habacuc es como el centinela que, desde la torre, observa lo que ve y formula a Dios una serie de preguntas que seguramente muchos de nosotros le haríamos. ¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio y no me escucharás, clamaré contra el violento y no me salvarás? ¿Dónde es Dios en estas situaciones extremas?  No acabamos de entender la política de Dios y nos cuesta soportar su silencio. De hecho, como que hemos dejado a Dios en la buhardilla o en la sacristía, Él, tan respetuoso con la libertad humana, se retira discretamente. Y calla.
3.  Entre tanto el imperio opresor se hundirá, el tirano orgulloso caerá. Si el primero es malo el segundo no es mejor. Babilonia se apoderó de Nínive y acabó hundida por los persas.
4. Y desde el silencio Dios nos susurra una contra-pregunta: ¿dónde estabas tú? ¿Dónde los que detentan el poder de este mundo? Dios los ha puesto como representantes suyos para completar la creación, mejorarla, ponerla al servicio de la humanidad. Pero el egoísmo, el orgullo, el afán de poder trastorna todo. Se reúnen los representantes de las naciones, conversan y hacen documentos preciosos. Y mientras, en Siria se matan. Miles de migrantes ahogan en el mar. Las mafias se enriquecen con la droga y trafican con mujeres y criaturas. Los poderosos hablan de acoger a los refugiados y al mismo tiempo cierran las fronteras. Podemos preguntar ¿dónde está Dios y qué hace? Pero ¿Y los hombres? ¿Dónde están y qué hacen?
Habacuc nos anima a mantener la cabeza serena y esperar. El hombre justo, el amigo de Dios, se mantendrá firme y seguirá adelante gracias a la fe, a su fidelidad y confianza en Dios y en la dignidad de la persona.
5. La fe mortecina. Timoteo tuvo la inmensa suerte de contar con una madre y una abuela de fe profunda. Con la leche de su madre Eunice, y con las caricias de la abuela Loide, mamó la fe, una fe bastante fuerte como para mantenerse firme en los momentos difíciles de persecución y de incomprensión. San Pablo lo puso al frente de la comunidad. Pero antes, imponiéndole las manos, le infundió el Espíritu Santo para pudiera hacer frente a las dificultades y persecuciones con una valentía empapada de amor y de cordura. Pero con el tiempo, Timoteo se fue enfriando. Le convenía reavivar el rescoldo el Espíritu de Dios algo mortecino. Ha de sacudir la ceniza para que el rescoldo vuelva a ser llama...
6. Una fe deficiente. Los apóstoles parecen asustados ante las exigencias de Jesús.  Creen en El, lo estiman y lo acompañan, pero sienten que su adhesión no es bastante fuerte. Y le dirigen un ruego que muy bien podemos hacer nosotros: Auméntanos la fe y la confianza y la fidelidad. ¡Tenemos tan poca! ¡Oh si tuviéramos una fe aunque fuera pequeña como un grano de mostaza! ¡Las maravillas que haríamos!  El científico griego Arquímedes se creía capaz de levantar la tierra si le daban un punto de apoyo. El creyente tiene el punto de apoyo en la fuerza suprema de Dios. Aplicando la palanca de la fe podrá mover montañas. La Madre Teresa de Calcuta y tantas mujeres y hombres santos son un ejemplo. Y Santa María: Dios ha obrado maravillas en ella porque tenía puesta en él la confianza.
7. ¿Sabéis cuál sería la primera maravilla que haríamos con algo más de fe? Nosotros consideramos un milagro cuando Dios hace lo que queremos y le pedimos: salud, trabajo, dinero, amor... Y no siempre lo logramos. En cambio, para Jesús, el milagro es que nosotros hagamos lo que quiere Dios. La fe nos muestra la voluntad de Dios y nos da fuerza para realizarla.

8. Y como que la fe es un don de Dios, lo que hacemos por él es pura gracia suya. Hacer algo por él es un gran honor que tenemos que le hemos de agradecer.  Por esto la actitud más elegante y justa es la del buen sirviente: “Somos criados inútiles. Nos hemos limitado a cumplir nuestra obligación”. Aun así, Dios nos lo agradece con creces: con el Pan de la Eucaristía, con el regalo de la comunidad cristiana y con la participación en su misma vida en el tiempo y en la eternidad.
Texto: J. Sidera cmf
Foto: blastingnews

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