lunes, 12 de septiembre de 2016

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

1. Comienza el Evangelio con una galería de personajes. Un grupo de gente impresentable, despreciada y detestada: publicanos y pecadores. Odiados del pueblo. Pero se acercan a Jesús. También se le acercan los santos, los íntegros, los de manos limpias, y los entendidos en la Ley de Dios. Pero estos se rasgan las vestiduras al ver que Jesús hace dos cosas insólitas. Una: acoge a los pecadores. Otra: comparte la mesa con ellos. Es decir, se solidariza con la plebe más odiosa.
2. Jesús no discute. Se limita a hacer lo que llaman una teología narrativa: expone la manera de actuar de Dios con un lenguaje que todos podemos comprender: el de la parábola, la historieta sacada de la vida. Y con ello nos llena de alegría y esperanza. Es el gran Evangelio, la inmensa buena nueva: Dios es bueno para con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Un Dios tan bueno y tan próximo que se disfraza a) de pastor que se desvive por encontrar la oveja descarriada, b) de ama de casa angustiada porque ha perdido una de las monedas de su dote matrimonial, y c) de padre increíblemente generoso, que, si parece un manirroto, es porque tiene un corazón inmenso. No sólo acoge a los que acuden a él, sino que los busca y no para hasta encontrarlos y recuperarlos.
3. El resultado de todo es la alegría. Una alegría desmesurada que hay que compartir con los amigos y las vecinas y hasta con el hermano mayor enojado porque el padre acoge a su hijo absolutamente, indigno de toda atención, lo viste con traje de bodas y organiza una fiesta familiar. Porque éste, sí, éste “hermano tuyo" estaba muerto y ha empezado a vivir, lo habíamos perdido y lo hemos encontrado. Había pues celebrarlo con un banquete.
4. Sería bueno que ahora nos dejásemos de comentarios y que volviéramos a releer despacito este Evangelio de hoy. ¿En qué lado estamos? ¿En el de Dios disfrazado de pastor, de ama de casa o de padre entrañable? ¡Ojalá! Nos ensancha el corazón y nos hace mirar con ojos nuevos a nuestros "hermanos alejados". (Entre paréntesis: ¿Quiénes son los alejados: ellos o nosotros?)
5. ¿Somos como la oveja descarriada, o la moneda perdida, o el hijo que lo recibe todo del Padre y se lo paga derrochando su fortuna, su dignidad, su salud y la esperanza? ¿Por qué no damos hoy al Padre la inmensa alegría de nuestra conversión generosa y total? Si somos como el hijo menor, agradezcamos al Padre su inmenso amor. ¿Y si nos parecemos al hijo mayor que nunca ha roto un plato y en cambio no ama a su padre ni comparte su generosidad? Pues pidiéndole que nos dé un corazón tan grande como el suyo.
6. Hoy tenemos ante los ojos un caso histórico del modo de actuar de Dios. Es San Pablo. Él está muy agradecido a Jesús. Blasfemaba contra él y lo perseguía y lo insultaba con furia en la persona de sus discípulos. Y sin embargo el Señor se compadeció de él, confiándole una máxima responsabilidad. Se fía de él. Pablo no sale de su asombro: él, -¡el pecador, el blasfemo, el perseguidor! - es una prueba evidente de la gran verdad del Evangelio: que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y entre los pecadores yo soy el primero. Jesucristo ha hecho de mí un ejemplo de los que se convertirán en la fe y tendrán así la vida eterna. Bien podemos repetir con él y como él: Al Rey de los siglos, al Dios único, inmortal, invisible, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
7. Como contó con Saulo convertido en Pablo, Jesús cuenta con nosotros. Agradezcamos esta confianza. Se quiere servir de nosotros para mostrar el amor y la misericordia del Padre para con este mundo nuestro: para con los hijos pródigos que han abandonado su fe y para con los hombres santos y rígidos que tienen la triste gracia de presentar un rostro inhumano de Dios. Aprendamos a responder con amor al Amor del Padre clemente y misericordioso. Y vivamos con alegría el don de Dios.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: cristonautas.com

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