domingo, 28 de agosto de 2016

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

1. Hubo un tiempo en que en las escuelas se enseñaba urbanidad. Para los humildes habitantes del campo, la urbanidad nos daba categoría. Nos hacía urbanitas, ciudadanos. Hoy ya no hace falta. Todos usamos buenas formas en el hablar, en el vestir, en el trato  ¿verdad que sí? Antes había quienes blasfemaban como carreteros. Hoy los carreteros se avergonzarían de hablar el lenguaje  barrio bajero de ciertas que se las dan de cultas. Han perdido las formas y esto no es bueno.
2. Esto no viene muy a cuento, justo es decirlo. Aun así Jesús en el evangelio de hoy nos da toda una lección de buenos modales. Cierto que hay una urbanidad cruelmente hipócrita. Pero para un cristiano es la flor de la caridad, una muestra del aprecio, del respeto, de la valoración que los otros nos merecen. Rezuma buena educación
3. La persona bien educada tiene un aceptable autoconocimiento, es decir, es afablemente humilde. No se siente  ni mejor ni peor que nadie. Conoce los límites de lo que sabe y de lo que ignora. Y esto le da la capacidad de una generosa aceptación del prójimo. El prójimo es muy importante para él. Y lo trata como él quiere ser tratado.
4. Esto le reporta dos grandes bienes: le atrae la simpatía de la gente. Y le atrae la misericordia de Dios que se complace en revelarle sus designios. Jesús alababa al Padre, porque oculta las grandes verdades a los sabiondos y las revela a los  pequeños. Y Santa María  exclamó: Ha mirado la  humildad de su sierva.
5. Jesús reprocha a los sabios y a los santos de su tiempo su vanidad: les gusta ocupar los primeros asientos, que todo el mundo les haga reverencias, están orondos de la retahíla de títulos de su currículum personal. Son los padres, maestros y guías de la comunidad.
6. Los invitados del evangelio de hoy demuestran muy poco sentido común. Se exponen a hacer el ridículo cuando el amo los coloque en su lugar. No saben estar donde ni como corresponde. No son sensatos ni para esto.
7. Jesús les da una lección de buenos modales, de urbanidad. Tiene una parábola en que son invitados a una gran fiesta todos los pobres, cojos, estropeados del lugar... Todos ellos, dentro de su pobreza, se han preparado como han podido. Pero entra uno sucio y  andrajoso. Y lo echan fuera porque no se respetado a sí mismo ni a los demás.
8. No sé como miraría Jesús a ciertos políticos, defensores de “las clases populares”, que se presentan en el parlamento mal vestidos y peor peinados. Hay que ser muy rico para hacer el pobre. Ningún pobre de las “clases populares” se presentaría así.  ¿A que no? Las formas son importantes.
9. Un segundo aspecto recalca Jesús. Cuando des una fiesta, no  invites a tus amigos o vecinos ricos. Invita a pobres, inválidos, cojos y ciegos. Te lo agradecerán, pero no te podrán invitar a su vez. Dios te lo recompensará en su momento.
10. Jesús condena el do ut des. Te doy para que me des. En realidad parece prácticamente imposible lo que Jesús predica. Pues no. Muchos lo hacéis directa o indirectamente, cuando ofrecéis a mucha gente un plato caliente y un albergue para pasar la noche. Y esto de forma voluntaria. Sin esperar nada a cambio. Y muchos padres y madres, actuáis casi siempre de la misma manera que recomienda Jesús.
11. Tendréis un doble premio: la paz de la conciencia que da el visto bueno a lo que hacéis y la alegría de continuar en el mundo la presencia de Jesús que pasó por el mundo haciendo el bien. Sois el rostro visible de la misericordia del Padre. 

Texto: J. Sidera cmf
Foto: fundacionpane.org

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