sábado, 20 de agosto de 2016

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO

1. Señor, ¿se salvan muchos? Es una pregunta inútil, ¿verdad? Ya lo sabemos. Todo el mundo lo sabe. Se salvan pocos y entre este pequeño número, para qué decirlo, entro yo... ¿De veras?
2. Parece que el profeta Isaías no dice esto. Él ve gente –muchísima gente- venida de todas partes, de Tarsis, la remota Hispania, de Libia y otros pueblos no israelitas. No habían oído hablar nunca de Yahvé y ahora que lo conocen, ven con gozo que su presencia gloriosa no se limita al pueblo de Israel ni se encierra en templo de Jerusalén, sino que llena el mundo entero. Más todavía: ellos tienen el honor de devolver a Jerusalén a los hijos de Israel exiliados lejos de su patria y se sienten sacerdotes que los ofrecen a Dios este pueblo en la montaña santa de Jerusalén. Se maravillan viendo hasta dónde llega la generosidad de Dios. Sí, estos pueblos lejanos son también sacerdotes, al mismo nivel que los sacerdotes de Israel.
3. Hay todavía otra gran noticia en el evangelio. El banquete del Reino no se limita a unos pocos muy escogidos. Está la mesa de los grandes patriarcas de Israel y de todos los profetas que fueron rechazados y maltratados y a menudo asesinados por su fidelidad a Dios.  Y en esta mesa de selectos hay también gente venida de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sientan con el mismo derecho en la misma mesa.
4. Y aun así son excluidos de ella muchos que se creían con todo el derecho a estar.  Y yo que me contaba entre los pocos salvados... llamo a la puerta: Señor, ¡ábreme!  ¿Quién eres? ¿No me conoces? Te he seguido por todas partes, me sé de memoria el sermón de la montaña y casi toda la Biblia, me apunto a todos los movimientos cívicos y eclesiales... -Pues de veras, no te conozco. ¿No te das cuenta por qué?
5. Te crees superior a los demás. Calculas que tienes todas las puertas abiertas. Y no, abierta sólo hay una y es estrecha. Te pareces al disco duro del ordenador. Tienes la cabeza llena de ideas luminosas y los labios llenos de palabras bonitas, pero no te salen del corazón. Sí, careces de la sabiduría del corazón. Mientras tú pensabas y charlabas, mucha gente no tan sabia como tú, se inclinaba hacia mí y me servía con sencillez y amor en la persona de los más desconocidos.  Tienen unas antenas muy sensibles para conectar con Dios y con los hermanos. Tienen la sabiduría del corazón. Y tú pasabas de largo. Estabas tan ocupado…
6. Esto es muy duro. Parecen palabras poco adecuadas para estos pocos días de vacaciones que nos quedan. Pero llegan a tiempo. Porque Dios quiere siempre nuestro bien. Como buen padre y maestro no para de instruirnos y de corregirnos para que enderecemos nuestro camino, para que aprendamos de nuestras limitaciones y de nuestros errores y demos con la puerta estrecha.
7. Esto de la puerta estrecha nos recuerda que para salvar el curso con dignidad hay que apretar los codos estudiando. Para ganar una medalla olímpica, ya vemos cómo se las arreglan los medallistas. En cambio, la incoherencia de pensar una cosa y hacer la contraria es devastadora. Queremos tener todas las ventajas del estado del bienestar sin dejar de estirar más el brazo que la manga. Nos equivocamos.
8. La realidad es terca. Y si queremos entrar por la puerta estrecha nos hemos que adelgazar. Es decir, concentrar todas las energías para lograr la medalla que soñamos. O simplemente: hemos de ser lo que somos como personas. Nada más.
9. Detrás de la puerta nos espera la mesa bien servida para los patriarcas y profetas y una inmensa multitud de toda edad y sexo, de toda cultura y religión que han llegado primero y ahora nos esperan para compartir con ellos la felicidad de los hijos de Dios.
10. El sabihondo que soy yo, me veo capaz de ofrecer muchas cosas al Señor, incluso de darle lecciones. Pero no soy capaz de darle lo único que Él quiere de mí y que pueblo de Dios necesita: mi entrega personal. Esto es entrar por la puerta estrecha.


Texto: J. Sidera cmf
Foto: diez.hm

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