domingo, 7 de agosto de 2016

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

1. No temas, pequeño rebaño, nos dice Jesús en el evangelio de hoy. Somos un pequeño rebaño y disperso, pero que, reunidos, somos muchos. Pero no temamos.
2. No hemos de temer porque nuestro Padre se complace en nosotros. No nos mira con una mirada distante y fría. Sabe que somos limitados, pocos y a menudo mal avenidos. Y sin embargo deposita toda su confianza en nosotros: ha decidido entregarnos el Reino. ¡La causa de Dios, su proyecto de amor sobre el mundo, lo ha puesto en nuestras manos, depende de nosotros! Sois la luz del mundo, nos dice Jesús, sois la sal de la tierra, sois la semilla menuda que luego nace y crece y espiga, sois la levadura que transforma toda la masa. ¡Podemos estar contentos y orgullosos!  Poquita cosa: pero un puñado de sal o unas semillas o una vela encendida tienen una proyección inmensa. ¡El Padre está contento de nosotros!
3. Si fuésemos un rebaño pequeño, de pocos, pero sabios, y poderosos y ricos, menos mal. Pero aun en este caso, Jesús dice que nos olvidemos de lo que somos, sabemos y podemos y que lo pongamos al servicio de los demás. Nuestra fuerza radica en el amor y la solidaridad.
4. La carta a los Hebreos nos pone el ejemplo de Abrahán. A sus setenta y tantos años deja su tierra, sus bienes y la parentela y sale hacia un país desconocido confiado únicamente en la palabra de Dios. Un Dios que le promete una tierra y una descendencia numerosa como las estrellas del cielo precisamente cuando poseía sólo el palmo de tierra que pisaba y cuando él y Sara ya eran demasiado mayores para tener un hijo a quien dejar lo poco o mucho que tuvieran.
5. Abrahán nos enseña a salir de nuestras seguridades y arriesgarnos a emprender un camino nuevo precisamente cuando parece que a muchos de nosotros ya no nos queda nada por hacer. Pues no, no podemos mirar atrás, aún nos queda todo por hacer.
6. Jesús nos recomienda que estemos atentos y con las pilas bien cargadas porque nos ha encomendado una tarea importante mientras esperamos su venida. Todos tenemos a alguien que depende de nosotros, una familia, un trabajo, unos vecinos. Todos tenemos una pequeña zona de influencia. Si, cuando Él llegue y llame a la puerta, se la abrimos de par ¿sabéis qué hará? Amigos míos, nos dice, sentaros a mi mesa. Yo mismo os voy a servir.
7. Yo llegaré a la hora menos pensada, nos dice Jesús.  Alerta, pues. ¡Ojos y oídos bien abiertos! Porque mientras esperamos un descapotable último modelo con un personaje despampanante, nos encontraremos con que Él viene disfrazado de forastero harapiento y muerto de hambre, sin hogar, enfermo y llagado. Cuando lo acogíais, me acogíais a mí.
8. En la Eucaristía comulgamos al Señor. Y es verdad. Pero seguro que lo comulgamos más veces todavía cuando acogemos al hermano o al vecino, al pariente o al amigo y al no tan amigo. La misa empieza cuando la misa acaba.
9. Pequeño rebaño, nos dice Jesús. Como no tenemos nada que perder, bien podríamos dejar atrás nuestra mezquindad y arriesgarnos a rejuvenecer con un aire nuevo nuestras comunidades. Vivir la fe con más brío, con más alegría y con más esperanza para poderla contagiar a los hijos, a los nietos, a los jóvenes y a los adultos con quienes compartimos el pan y la fiesta. El futuro de la fe de nuestros pueblos está en nuestras manos.
10. ¿De verdad que no podemos hacer más de lo que hacemos? Se trata más de ser que de hacer. Como Abrahán: salir de la rutina y emprender el camino hacia lo desconocido. ¡El Señor nos espera con la mesa puesta y bien servida!

Texto: J. Sidera cmf
Foto: parroquiasagradafamiliabayamon.blogspot.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario