sábado, 4 de junio de 2016

"JOVEN, YO TE LO MANDO, LEVÁNTATE"

1. Un buen comentario al evangelio que acabamos de leer lo tenemos en el salmo  responsorial. Refleja poéticamente los sentimientos de alguien que se ha visto maravillosamente salvado de las garras: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado. Alzaste mi vida del Abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.  Señor, cambiaste mi luto en danza,  me ceñiste de fiesta.  Señor Dios mío, te daré gracias siempre. 
2. Estos podrían ser los sentimientos de las dos viudas que recuperan hoy a sus hijos, según las lecturas que acabamos de escuchar.  La situación de la viuda en el mundo antiguo era  verdaderamente dramática. Según la Biblia, el forastero, el huérfano y la viuda eran las tres categorías de personas más vulnerables y que había que proteger. Se quedaban  absolutamente desamparadas si perdían el marido. Si, encima, perdían al único hijo, perdían con él toda esperanza y  apoyo de una vida digna. Entonces no había ni sombra de seguridad social de qué  gozamos ahora.
3. Ante la viuda de  Naín, Jesús no espera que la pobre mujer o algún vecino o vecina le pidan nada. No hace falta. A Jesús se le remueven las entrañas.  Se conmueve profundamente. Y actúa con naturalidad y prontitud. Y pronuncia unas palabras de consuelo: No llores. Y pasando de las palabras a los hechos, toca el  féretro sin temor a contraer ninguna impureza ritual y reanima al joven con unas palabras: Muchacho, levántate. El chico se sienta y conversa con su madre. ¿Con quién, si no? También tendría un “gracias” emotivo para Jesús.
Y Jesús lo entrega a la madre y con el hijo  le devuelve el sentido de su vida, aquel hijo único  por quien siempre se había  desvivido amorosamente. Se sienta en conversación con su madre. Rehacen la relación mutua.
4. Jesús y su palabra transmiten consuelo y vida. Más adelante Jesús dirá a Marta: Yo soy la resurrección y la vida: quien cree en mí, aunque muera, vivirá, y quien vive y cree en mí, no morirá para siempre. La resurrección  del hijo de la viuda de  Naín como la de la hija de  Jairo y la de Lázaro son anticipo de lo que será la resurrección de Jesús y la nuestra: una vida nueva, una nueva forma de ser y de vivir.
5. La reacción de la gente es un grito de admiración: «Ha aparecido entre nosotros un gran profeta.» Si, un gran profeta, mayor incluso que el inmenso Elías: un hombre de Dios que transmite las auténticas palabras de Dios: «Dios ha visitado su pueblo». Jesús es el rostro de la Misericordia del Padre: lo muestra compadeciéndose, consolando, curando, resucitando.
5. No sabemos qué fue del chico devuelto a la vida. Ni de la hija de Jairo devuelta viva a sus padres. Quizás se hicieron discípulos de Jesús y  propagadores de su palabra, de su ternura y de su misericordia.
6. Pablo es otra muestra de la misericordia y de la bondad de Jesús.  Pablo gastaba su vigor juvenil y su entusiasmo religioso en perseguir y destruir, en nombre del Dios de  Israel, a los seguidores de Jesús, donde quiera que estuvieran.
Pablo no lo sabía, pero Dios se había fijado en él y lo había escogido desde las entrañas de su madre para confiarle una gran misión: dar a  conocer a Jesús a los “gentiles”, a los no judíos, a los que no conocían  a Dios.
7. El cambio de perseguidor en apóstol necesitaba su tiempo. Y Pablo se retiró un tiempo al desierto. También Jesús,  una vez proclamado y ungido en el bautismo Hijo de Dios y  Mesías, se retiró al desierto.
El tiempo destinado a la oración, a la reflexión, al estudio personal es muy necesario si queremos que nuestra vida cristiana dé el paso de la “vida individual”  a la proyección  comunitaria en todos los aspectos que comporta el servicio a la comunidad.
El silencio y la oración nos acostumbran a escuchar y oír la presencia del Espíritu Santo que nos hace clamar: Abbá, Padre y nos impele, como a Jesús y a Pablo, a proclamarlo a nuestros hermanos con palabras y hechos.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: lafecatolica.com

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