domingo, 22 de mayo de 2016

SANTÍSIMA TRINIDAD

1. Hoy, día de la Santísima Trinidad, haremos una visita guiada al “Misterio” de Dios. Tendremos una guía excepcional: el Hijo de la casa. De entrada recordemos que el misterio es un secreto revelado. Y un secreto revelado que, viniendo de Dios, lo hemos de acoger con gran respeto y amor.
2. Cada familia es un misterio. En una familia no puedes entrar a la brava. Se  entra en la medida que te abren la puerta. Y poco a poco nace y crece la “familiaridad”. Un conocimiento por simpatía, por la confianza, por el corazón, por miradas, los gestos y el trato amable.
3. Jesús de Nazaret nos revela que Él pertenece a una familia. No nos habla de Dios cómo de un motor inmóvil, solitario y lejano. Él nos habla del Padre, el  Abbà: un Padre que nos ama tanto que nos ha entregado a su Hijo único no para condenarnos sino para salvarnos. Es todo Amor. Hace salir el sol sobre buenos y malos, hace llover sobre justos e injustos. Viste las flores del campo como nunca se vistió el sabio rey Salomón. Es Señor del cielo y de la tierra pero mima a los pequeños y a los marginados.  La palabra que lo define es  AGAPE, AMOR. El Padre mismo os ama. No hace falta añadir nada más, decía Jesús a los Apóstoles. Ya en la cruz exclama: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Una vez resucitado dice a la Magdalena: Ve a decir a los discípulos que me  voy a mi Padre mío que es también vuestro Padre.  Y cuando rezáis decid: Padre nuestro.
4.  Jesús, el hijo, resume su vida en pocas palabras: He salido del Padre y he venido al mundo, ahora dejo el mundo y me  vuelvo al Padre. Su madre se llama María: ella ha cuidado amorosamente de Él cuando era niño, adolescente, y adulto. Más adelante Jesús dirá que es la Luz del mundo. Y que es el camino, la verdad y la vida. Y estas grandezas las vive con tanta sencillez como el pan de cada día, como el Pan y el vino de la Eucaristía. Una frase lo define: Pasó por el mundo haciendo el bien. Es el rostro visible de la misericordia del Padre. Para él lo importante es la persona, cada persona. Actúa como el Padre: trata con amor y ternura a los marginados de todo tipo, a los sin voz, a los enfermos, a los  pecadores, las mujeres y a los niños. Se identifica con el más necesitado: tenía hambre, tenía sed, era un refugiado y…
5. Jesús nos habla también del Espíritu Santo: es el maestro interior que nos dirige a la verdad plena, vive en nosotros, ora en nosotros. Es el  Paráclito: la persona que está a nuestro lado para defendernos como abogado;  para consolarnos cuando estamos tristes;  para aconsejarnos cuando no sabemos qué camino tomar; es el maestro que nos da a conocer Jesús y su palabra en cada encrucijada de la vida. Convierte el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo y nos une en un solo cuerpo con Él. Nos hace prolongación y presencia de Jesús en el mundo.
6. Cuando rezamos el Credo, nos referimos al Padre, todopoderoso creador del cielo y de la tierra. Confesamos nuestra fe en Jesucristo, su único hijo. Sabemos más cosas de Él que del Padre. Finalmente decimos: creo en el Espíritu Santo. Y nada más. ¿Nada más? No, no. No nos podemos parar aquí. Sería bueno que formuláramos el final del credo más o menos a así:
Creo en el Espíritu Santo que,
en la Iglesia católica, universal y arraigada en la fe de los apóstoles,
nos hace participar en la comunión de las Cosas Santas, es decir en la Eucaristía,
nos otorga el perdón de los pecados en el bautismo y los otros sacramentos,
 nos resucita con Cristo y nos comunica la vida plena de Dios, la vida perdurable.
6. Ya vemos cuál es la obra del Espíritu Santo: lleva a cabo a lo largo de los siglos la obra iniciada por Jesús de Nazaret, lo libera de los límites del tiempo y del espacio y lo hace presente entre nosotros en cada momento de la historia.
7. Una cosa importante: la vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo se desarrolla en cada uno de nosotros: Si alguien me ama, cumplirá mi palabra. M Padre lo amará; vendremos a él y habitaremos en él. Somos templos de Dios. San Agustín se pasó media vida buscando Dios y no lo encontraba. Es natural. Lo buscaba fuera y ¡lo llevaba dentro!

8. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Santo, santo, santo… Es rezando y alabando y agradeciendo como llegaremos a entrar en la intimidad de la Vida  trinitaria, en la vida de Dios.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: familiacatolica-org.blogspot.com

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