sábado, 14 de mayo de 2016

QUE NADIE NOS ARREBATE ESTA VERDAD.

Gracias a Pentecostés, la Iglesia muestra su rostro más transparente en la belleza del Espíritu Santo. Cuando la Iglesia deja de buscar su fuerza en esta virtud de lo alto, que Cristo le prometió y que le dio en este día, entonces apoyándose en las fuerzas frágiles de los medios humanos, de los poderes, o riquezas mundanas, la Iglesia deja de ser noticia. La Iglesia será bella, perennemente joven, atrayente para todos los siglos, mientras sea fiel al Espíritu Santo que la inunda y lo refleje a través de sus comunidades, de sus pastores, de sus familias, de su misma vida.
Así se entiende que aquellos apóstoles, como un nuevo Adán y no ya con la simple vida de la naturaleza que les dio el Creador, sino con la vida del Espíritu Santo que es vida de Dios volcada en su Iglesia, abrieran atónitos sus ojos y se sintieran omnipotentes, casi como Dios. Tenían en sus manos la misión de Cristo de ir por todo el mundo, el poder de Dios para perdonar, tenían en sus manos la Iglesia, para hacer de ella la irradiación de la vida de Dios a toda la humanidad, hacer de la Iglesia el germen, el fermento, la luz, la levadura de Cristo en medio del mundo. ¡Esta es la creación de la Pascua!
Todos somos creación nueva y, desde hoy, sabemos que el mundo ya no se renueva sin nosotros y que nosotros somos los responsables de la renovación del mundo. No lo será ni la política, ni las finanzas, ni los negocios, ni los logros de nuestra ambición. El reinado de Cristo, que tiene su origen en su soplo, ese sí que suscitará mujeres y hombres concretos que caminarán por el mundo con la responsabilidad de hacer de la historia la transformación obrada por el reino de Dios. La Iglesia sólo necesita corazones que se conviertan a Cristo, que se purifiquen como vasos limpios para que sobre ellos descienda la nueva vida que quedó inaugurada en la misma Resurrección y en Pentecostés.
Si de veras somos el Pueblo que ha invadido el Espíritu Santo, si la Iglesia es la depositaria de aquel soplo creador del Redentor para hacer de todos nosotros auténticos testimonios de la libertad de los hijos de Dios y ciudadanos del cielo, no permitamos que nuestras promesas bautismales queden en saco roto. Procuremos vivir impulsados por el Espíritu Santo aunque no todos seamos fieles a Él. Él nos reprocha nuestras cobardías, pero nos hace capaces de superarlas. Sopla fuertemente para hacernos más valientes, pero podemos ser hasta traidores y llegar a mentir cuando Él es el Espíritu de la verdad. No deberían llamarse hijos de la Iglesia aquellos que han recibido el Espíritu Santo y la están tratando a bofetadas porque sólo viven de la mentira, de la injusticia, de la calumnia, de la violencia y de todo aquello que es reprimir la vida del Espíritu. La fe y la esperanza, nuestra alegría pascual, es la dicha de pertenecer a la Iglesia Católica que es, en medio del mundo, el signo eficaz de la nueva creación. Si tenemos fe en el Espíritu Santo, dejémonos renovar: Él es el perdón de los pecados, Él renueva la faz de la tierra, Él es nuestra vitalidad carismática, Él es el amor que nos une ahora al Padre por su Hijo. Él hace de todas las naciones, un solo pueblo. Somos de Dios y nuestra patria es el Cielo. Que nadie nos arrebate esta verdad.

Texto: P. P. Montagut
Foto: aciprensa

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