domingo, 29 de mayo de 2016

CORPUS CHRISTI

1. Es bien hermosa la fiesta de Corpus Christi. Es uno de aquellos jueves que relumbran más que el sol: Jueves santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión.  Dado que el jueves santo cae cuando cae,  en unos días de luto y de dolor como el viernes santo,  el pueblo cristiano sintió la necesidad de celebrar con más solemnidad y en un marco de alegría la presencia del Señor en la Eucaristía, y escogió este tiempo de mayo y junio para pasear a Jesús sacramentado por todas las calles del pueblo,  alfombrados  de retama, romero, y pétalos de flores de toda clase.
2. La liturgia nos presenta un personaje singular, de nombre extraño: Melquisedec, rey de justicia. Es el rey sacerdote de Salem, ciudad de paz. Como sacerdote ofreció pan y vino y bendijo a Abrahán, que volvía victorioso del combate. Melquisedec bendijo a  Abrahán,  en quien todos los pueblos serían bendecidos. Desde siempre Melquisedec es considerado como la imagen de Jesús Mesías. Jesús es el rey y sacerdote que nos ofrece el pan y el vino de la Eucaristía y nos llena de su bendición. Vale la pena leer lo que dice a este propósito la carta a los Hebreos.
3. San Pablo explicaba a los cristianos de  Corinto el alcance del misterio del pan y el vino. Es el testimonio escrito más antiguo de la institución de la Eucaristía, anterior a los evangelios. Muchos corintios habían profanado el sentido de la santa Cena del Señor y lo habían convertido en una celebración que, en vez de  hermanar a la comunidad cristiana, la dividía en ricos, que tenían de todo y comían sin moderación, y en  pobres que llegaban a la Cena justo para alcanzar las  sobras de lo que los primeros, ya hartos, les dejaban. Un auténtico sacrilegio.
4. San Pablo les recuerda el cuándo y el cómo de la institución de la Eucaristía. Y lo hace  casi con las mismas palabras que decimos en cada misa. Toma el pan, toma el cáliz: Tomad. Comed y bebed todos. Soy yo, que me entrego por vosotros. Haced esto. Siempre que lo hagáis,  representaréis, actualizaréis lo que yo acabo de hacer.
5. Haciendo esto, pues, primero recibimos el beso, el beso que Jesús nos da personalmente.  Él nos ama a todos y cada uno. Y lo expresa en la comunión. Lo recibimos todos en comunidad y lo recibe cada cual personalmente. Una  consoladora maravilla. En cada comunión sentimos el calorcillo amable del beso de Jesús.
6. Haciendo lo que Jesús nos manda, además de su beso, recibimos un encargo, una misión. Haced esto… ¿Qué es esto? El evangelio de hoy nos lo dice indirectamente. No habla de la Eucaristía, pero la anticipa. Jesús nutre a una gran multitud de hombres y mujeres y criaturas después de hablarles del Reino de Dios y de atender a los enfermos y necesitados. ¡Es tarde! Despacha la gente; que se espabilen para comer. ¡Ah no, esto no!  ¡Alimentadlos vosotros! —¿Nosotros?  ¿Con cinco panes y dos pescados?
7. El reino de Dios no es sólo una realidad espiritual, invisible. Jesús repartiendo el pan y curando  a los enfermos hace visible esta intervención de Dios. Hoy Jesús realiza un nuevo milagro: el milagro de generar en nosotros el  desprendimiento y la disposición de compartir, generosa y solidariamente con el prójimo. Es la actitud permanente de todo discípulo de Jesús. Y cuando compartimos “sacramentalizamos” –hacemos visible- nuestra condición de cristianos, de discípulos de Jesús.
8. Por eso el día de Corpus nos fijamos especialmente en nuestros hermanos necesitados. Es el día de la  Cáritas, de la caridad, de la generosidad. Con nuestras pequeñas o no tan pequeñas acciones, celebramos el memorial del Señor, hacemos lo que la Misa significa.
9. Y hacemos algo más: cada cristiano que comulga viene a ser una custodia, un sacramento de la presencia de Jesús. En cada cristiano consciente,  Jesús pasa haciendo el bien. ¡Ojalá! Realmente la Misa empieza y se hace realidad cuando la misa se acaba.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: eldia.com

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