viernes, 6 de mayo de 2016

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

1. La Ascensión del Señor es una fiesta muy consoladora. Más que  añoranza por   una despedida definitiva, es la garantía de la presencia continua de Jesús entre nosotros. Mientras Jesús se movía por Galilea, Samaría y Judea, estaba encapsulado en el tiempo y en  espacio como nosotros. Con  la Ascensión rompe esta cápsula y así puede estar presente a todo espacio y a todo tiempo. No es pues una ausencia ni un alejamiento sino una nueva presencia, una nueva manera de estar entre nosotros. Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo.
2. Hoy los Hechos de los Apóstoles y  el Evangelio -primera y segunda parte de una obra única escrita por el evangelista san Lucas- nos explican unos mismos sucesos aunque con matices diversos: el Evangelio narra el final glorioso de la vida pública de Jesús desde la encarnación hasta la resurrección. En cambio la narración de los Hechos marca el punto de arranque de  la expansión misionera de  Iglesia.  La acción de Jesús pasando por el mundo haciendo el bien se actualiza en la acción de los cristianos que continuamos su obra, ahora iluminados, fortalecidos y movidos por  acción de  Espíritu Santo.


3. Jesús, haciéndose presente a los apóstoles el domingo de la resurrección, los ayudó a superar la incredulidad dándoles pruebas fehacientes de su triunfo sobre la muerte. Después les abrió el entendimiento para que a través de la Biblia comprendieran el plan de Dios y el significado de toda la vida de Jesús. Y finalmente les encargó una misión: ser testigos de Jesús Resucitado en todo el mundo. Es así como san Lucas pone punto y final a la vida pública de Jesús. 
4. El mismo san Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, subraya el sentido de  Ascensión: es el punto de arranque de  la expansión misionera de  Iglesia. Y a la vez explica el proceso de aclimatación a la nueva manera de relacionarse con Jesús y con el mundo. Esto necesita un tiempo. Cuarenta días… Entre tanto se habituarán a tratar con Jesús y a mirarlo con los ojos de la fe y se prepararán a la nueva misión. Como el Padre me ha enviado, ahora os envío yo a vosotros. No estaréis solos. El Espíritu Santo os habilitará para ser los testigos de Jesús en todo la tierra, en una especie de onda expansiva: Jerusalén, Judea, Samaria, Grecia, Roma,…
5. Para mostrarnos el  alcance de la fiesta que hoy celebramos, san Pablo nos invita a la orar. Primero da gracias por los efesios - y también por los cristianos que hoy estamos aquí-: creen vitalmente en el Señor Jesús y se aman entrañablemente entre ellos, los santos, que dice san Pablo. Luego pide para ellos un sobreconocimiento del Padre de nuestro Señor Jesucristo para que comprendan qué les tiene reservado: nada menos que hacerles participar del mismo amor y de la misma gloria de su Hijo que está “sentado a su derecha”, compartiendo su fuerza de amar y su capacidad de hacer el bien.
6. Jesús, en su ascensión, nos sube a todos hasta su altura. En Él formamos un solo cuerpo. Él es la cabeza de lo que somos: la Iglesia. Dice san Pablo que el Padre nos ama tanto que nos ha dado la vida en Cristo. Nos ha resucitado con Él. Nos ha sentado junto a Él con Cristo. Y todo esto por pura gracia, simplemente porque nos ama como ama a su Hijo Jesús. Nosotros no hemos hecho nada: es un regalo de Dios.
7. Dejémonos llevar por el gozo de lo que esperamos. En el proyecto de Dios, nuestra plena humanización es ya un hecho. La Ascensión nos promete la energía para alcanzar esa plenitud: el Espíritu  Santo. Y seguimos el consejo de María: Haced lo que Él os diga. Pasad por el mundo como Jesús: haciendo el bien.


Texto: J. Sidera cmf
Foto: aciprensa

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