jueves, 26 de mayo de 2016

A ESPERAR LLAMAN

“Corren malos tiempos”. “Siempre ha habido de todo”, suele decirse. Y con razón. De vez en cuando, y mejor si es a menudo, viene bien repasar la historia, -de la Iglesia, del mundo, de España, y de uno mismo-, para comprobar que todo es igual aunque diferente, o que todo es diferente pero igual. Tener criterio, usar la razón y aportar esperanza es lo que hace falta en cada momento.

Que hay motivos para la desesperanza, pues también. En muchos datos del momento presente no cabe la etiqueta del optimismo. La ciudadanía, como se nos llama ahora a los ciudadanos y ciudadanas, está recibiendo impactos fuertes que se describen como crisis, paro o precariedad laboral, hipotecas, pérdida de fe en las instituciones, desencanto político, desestabilidad familiar, ausencia de valores de sentido, y otras cosas. Pero frente a esto, en el compartir el ser de cada día, hay muchas personas que son capaces de pulir aristas duras de la realidad con pequeños, que son grandes, gestos de amor, de paciencia, de ayuda, de estar con quien lo necesita. Estas cosas son rayos de luz en la niebla.

Cuando de verdad apostamos por la esperanza es cuando esa esperanza es para los otros. No vale esperar sólo para mí. Demasiada pobreza de esperanza es esa.  En su Carta sobre la Esperanza, Spe salvi, Benedicto XVI nos recordaba que no vale lo de pensar sólo en mi. Su pregunta era esta: “¿qué puedo hacer para que en otros surja también la estrella de la esperanza?” Y lo que los otros necesitan no son palabras con discursos vacíos sino ayudas concretas para que puedan reorientar hacia el bien su itinerario vital.  

Texto: J.M. Ferrer
Foto: Cultura y Fe hoy

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