lunes, 7 de marzo de 2016

DOMINGO IV DE CUARESMA: EL HIJO PRODIGO

1.  Vean qué galería de personajes nos presenta hoy el evangelio:
→los  publicanos y los  pecadores de toda la vida, que tenían el mal gusto de comprometer a Jesús con su compañía. Están todos, así todos.
→ Están los  fariseos y los sabios, que reparten carnés de puros e impuros a la  gente bien. Son los santos, los  incorruptos e  incorruptibles. Con su dedo largo y delgado señalan  a Jesús que les compromete sus seguridad con acciones tan  detestables como compartir la mesa con toda la pandilla de  impresentables que son el deshonor de la sociedad. Además no tiene en cuenta el sábado y otras leyes de pureza legal.
→ En medio de los dos grandes grupos,  encontramos a Jesús que toma partido descaradamente por los  pecadores, marginados e impuros.
2. Jesús no solamente acoge a los “ pecadores” cuando acuden a él, sino que los busca.  Es más, comparte la mesa con ellos  y con los publicanos, haciéndose solidario con ellos. Por una razón muy sencilla: Dios es padre de todos, de buenos y de malos y los quiere reunir a todos en torno a la misma mesa. En una mesa  eucarística como ésta.
3. Y lo justifica con la parábola que acabamos de escuchar. Se la conoce como la parábola del hijo pródigo. Pero sería más exacto si la llamáramos la parábola del hijo reencontrado. Porque en realidad el pródigo no es el hijo, sino el Padre, que sí que tiene el corazón abierto y la mano generosa.
4. Lo mejor que podríamos hacer sería leer y releer, y escuchar, y visionar esta parábola de Jesús.  Y dejarnos llevar por el que dice y por lo que nos dice. El hijo menor quiere ser libre y necesita dinero. Toma, hijo. Esto es tuyo. Anda con cuidado. Recuerda que mientras te vean rico, tendrás amigos a montones. Cuando vengan mal dadas te dejarán solo. El chico no se lo cree. Busca la felicidad fuera de él. Y cuando el entorno falla, se encuentra a solo. Solo, sí. Consigo mismo y... con el hambre.
5. El hambre, no el amor, le traen el pensamiento del padre. Es un egoísta integral. Ahora sólo piensa a llenarse el estómago con las algarrobas que comen los cerdos, mientras el jornalero más pobre de su casa tiene pan de sobras.
6. Se levanta y echa a andar. El padre que lo ve de lejos siendo se sienten entrañablemente conmovido. Corre hacia él. Se le echa al cuello. Se lo come a besos. De prisa: traed el vestido mejor  que encontréis. Ponedle el anillo, signo de autoridad. Calzadle las sandalias propias de un hombre libre. Nada de ir descalzo como los  perdularios y los esclavos. Matad el ternero cebado y preparad un buen banquete, con música y baile. Que este es mi hijo: ¡Qué gozo da verle! Ya lo daba por muerto y  miradlo vivo.
7. ¿Y el hermano mayor? Este sí que es un buen chico, un hijo como Dios manda. Trabajador, ahorrador, responsable. ¿Y bueno? Tal vez, pero no tiene corazón. En realidad  no ama a su padre. No se  siente hijo suyo. Ni confianza  tiene para pedirle un cabritillo para una merienda con sus amigos. Parece un esclavo, un asalariado. . No se da cuenta que el padre lo ha puesto siempre todo a su disposición. ¿Es mi hijo, que no lo ves? Y es tu hermano. Te tienes que alegrar y participar en la fiesta. ¡Ea!, sentémonos todos entorno a la misma mesa. Compartamos la alegría de la recuperación de un hijo y de un hermano dispuesto a iniciar una nueva vida. El hambre primero y el amor inmenso e incondicional del Padre después han hecho de él un hombre nuevo. Compartamos con él el gozo del encuentro, de su “resurrección”.
8. En este año de la misericordia, Jesús nos  invita a ensanchar el corazón a la medida del corazón de Dios. Perdónanos cómo nosotros perdonamos. La misa de cada domingo tendría que ser una explosión de alegría donde todos, por igual, compartimos la misma palabra y el mismo pan y rezamos juntos el Padre Nuestro y nos sentimos hijos de Dios y hermanos. Nuestra misión consiste en ser testigos de la misericordia con Jesús y como Jesús.
9. Estos días el Papa Francisco y nuestro obispo nos invitan a dedicar las  “24 horas para el Señor”. Dispongámonos a recibir el abrazo del Padre en el sacramento de la Reconciliación en un momento de intensa plegaria. Redescubramos en él el sentido de nuestra vida. El sacramento de la Reconciliación, nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia del Padre. Es una fuente de verdadera paz interior.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: ciudadredonda.org

No hay comentarios:

Publicar un comentario