domingo, 20 de marzo de 2016

DOMINGO DE RAMOS

Empezamos esta Semana Santa del año de la Misericordia. La Semana Santa es precisamente el desbordamiento del amor misericordioso del Padre celestial que ama tanto al mundo que le ha entregado su Hijo único no para condenar a nadie sino para salvarnos a todos.
San Pablo,escribiendo a los cristianos de Filipos, les exhorta a ser valientes, a expresarse su amor como fuente de consuelo, a mantener la concordia, la unanimidad, la armonía, evitando tensiones inspiradas por el egoísmo, la envidia o la vanidad. Que sean tan humildes que reconozcan la excelencia  de los otros, teniéndolos siempre en cuenta y valorándolos. En una palabra: Que vuestros sentimientos sean los que vemos en Cristo Jesús.
Jesús resume su vida en una frase: He salido del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y me  vuelvo al Padre. En este camino del Padre al Padre señalemos tres momentos importantes.
El primer momento: Jesús es Dios con el Padre, y como tal merece  un trato de igualdad con Dios. Pero  ha recibido una misión: enseñar a los hombre a ser lo que son: hombres y mujeres,  sin buscar fuera de ellos lo que son por dentro como imagen y semejanza de Dios. Que no pierdan tiempo y energías en sueños de bienestar, éxito y triunfo facilones.
Un segundo momento: Pero nuestra vida humana está tejida de relaciones a veces buenas, a veces  no tanto, a veces francamente malas. Jesús podía elegir el camino. En el desierto el diablo le propuso el camino de la facilidad, del miraculismo folclórico, de la alianza con los poderes del mundo. El camino que aliena al hombre y lo deshumaniza.  Pero Jesús escoge el camino de los hombres normales, de tal manera que cualquiera se puede sentir identificado con él, desde el más poderoso hasta el esclavo. El jueves santo veremos cómo Jesús se despoja de su manto y se pone a lavar los pies de sus discípulos. Esta manera de actuar le comportó la incomprensión y el odio de los poderes fácticos de este mundo: religiosos, políticos, sociales, hoy  añadiríamos los poderes económicos, financieros, el dinero fácil, la corrupción. Y acabó en la muerte más ignominiosa: la cruz. La muerte infame de un malhechor acompañado de malhechores...
En la Pasión de Jesús veremos una galería de personajes con los cuales nos podemos sentir más o menos identificados. Nos podemos ver retratados en Pilato, en Herodes, en Anás y Caifás, en Barrabás, en la turba sin criterio propio que ahora aplaude a Jesús y luego grita: “¡crucifícalo!”. También en el Cirineo, o en las buenas mujeres que lloran por él en el camino del calvario o en  las que encontraremos al pie de la cruz. Incluso con Judas que se desespera por su traición, o con Pedro que llora por su cobardía, con Juan, el apóstol fiel, al lado de María la Madre de Jesús.
Un tercer momento: no todo se acaba a la cruz o en el sepulcro.  Después del viernes santo, vienen el sábado y el domingo de gloria.  El Padre le premia la generosidad con que ha aceptado la condición de un hombre cualquiera y la del esclavo. Por esto, precisamente, Dios lo ha ensalzado y lo ha agraciado con el nombre más excelso de todos los nombres. El de SEÑOR, el nombre inefable.  Y Dios Padre no se siente celoso de la gloria del Hijo. De hecho el Padre nunca es más conocido y amado como cuando proclamamos que Jesús es el SEÑOR.
En el cielo Jesús no descansa. Nos incorpora a él por el bautismo, por el don del Espíritu Santo, con el regalo de la Eucaristía. Y nos alienta y nos da fuerza por continuar su misión en este mundo. Que pasemos como Él haciendo el bien. Y  que, como cristianos,  pongamos en nuestro mundo aquel plus de humanidad, de bondad y de misericordia que tanta falta nos hace.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: Cultura y Fe hoy

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