lunes, 29 de febrero de 2016

DOMINGO III DE CUARESMA

1. El Éxodo  nos descubre dos aspectos muy luminosos sobre Dios: No es  un Dios lejano, impasible, el primer motor inmóvil de  Aristóteles, sino un Dios personal y sensible, que ve, oye y conoce la opresión de su pueblo y lo quiere liberar. Se  compromete a fondo en ello y  compromete también a Moisés. Lo necesita y cuenta con él.
2. Revela su Nombre: Yo soy el que soy. YHWH, el nombre inefable. El Apocalipsis de san Juan lo traduce así: El que  es, el que era y el que viene: siempre presente y acompañando siempre al que está dispuesto a colaborar con Él  en la liberación de cualquier pueblo oprimido o de cualquier  persona agobiada.
3. San Pablo, los cristianos de Corinto, y también a nosotros, nos dice que la acción generosa de Dios supone y exige la respuesta generosa del pueblo. No bastó a los israelitas salir de  Egipto a través del mar rojo o alimentarse del maná o beber del agua milagrosa de la roca de Horeb. Les faltó la fidelidad a la alianza: idolatraron, murmuraron, no siguieron el camino de Dios. Y casi ninguno de los que  salieron de Egipto  entró en la tierra prometida. Ni siquiera Moisés.  San Pablo nos dice que tampoco nosotros no podremos presumir de nuestro bautismo, confirmación y comunión si no vivimos como personas salvadas y amadas, llamadas a seguir a Jesús y a vivir como él vivía. Si los sacramentos no nos conforman a Jesús, no sirven de nada. Hace falta coherencia entre fe y vida.
4. En la misma línea tenemos la palabra de Jesús. Si san Pablo nos ponía ejemplos sacados de la Biblia, Jesús los saca de la crónica del día. Unos galileos murieron asesinados en el templo por la furia del gobernador Poncio Pilato. Unos 18 ciudadanos murieron aplastados bajo la torre de Siloé. ¿Qué pecado habían cometido unos y otros para acabar así?
5. Jesús empieza deshaciendo la falsa idea de que cualquier catástrofe, causada por el hombre o por la naturaleza, tenga nada que ver con el pecado de las víctimas. Es una cuestión inútil y sobre todo perjudicial porque desvía la atención de la realidad. Los muertos, asesinatos o aplastados, no eran más culpables que los otros galileos o que los conciudadanos aplastados.
6. Ante unos hechos tan dramáticos, Jesús nos encara con nuestra realidad personal. Si a mí me ocurriera algo parecido, ¿en qué relación espiritual me encontraría con Dios? Sucesos como los mencionados o semejantes son una llamada de Dios a convertirme. A vivir de forma que, en cualquier momento de la vida en que me sorprenda la muerte, esté dispuesto a presentarme ante Dios: unido a él y a los hermanos por el amor. Los hechos de vida son el lenguaje con que Dios me habla. Tengo que ser capaz de comprenderlo.
7. Jesús me llama a la conversión con la parábola de la higuera infructuosa. Le dan todavía un año de respiro. Si continúa estéril, cortarla y dejar espacio para otros árboles productivos. El tiempo que Dios me da es un tiempo de gracia para rehacer mi relación con Dios, con los demás, con la naturaleza. Un tiempo para convertirme.
8. La conversión comporta un cambio de dirección, el paso de una fe, afortunadamente  heredada, a una fe conquistada activamente como respuesta al llamamiento de Dios y a la acción del Espíritu Santo. Supone autenticidad y coherencia entre fe y vida. Es un acto absolutamente personal, que nadie, ni Dios siquiera, puede hacer en mi lugar.
9. San Luis Gonzaga estaba jugando a ajedrez cuando alguien le dijo:  Luis, si te dijeran que de aquí a una hora morirás, ¿qué harías?  -Continuaría jugando hasta acabar la partida. Si tienes el alma limpia y haces bien lo que estás haciendo, ¿qué preparación mejor para presentarme ante Dios?



Texto: J. Sidera cmf
Fotos: arbolesymedioambiente.es
astridcallejas34.blogspot.com

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