sábado, 30 de enero de 2016

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO

1. La vida del profeta lo era todo menos agradable. A menudo tenía que enfrentarse prácticamente a todo el mundo: a los reyes de  Judà y a sus gobernantes, a sus sacerdotes y al pueblo. Sólo por especial llamada de Dios y con la garantía de su protección se podía aceptar una misión imposible para un hombre tímido e introvertido Jeremías. “¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho”. Entonces Dios le dijo: “No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte. Le tocó la boca y le dijo: –Mira, yo pongo mis palabras en tu boca.
2. Jesús lee el profeta  Isaías ante el pueblo reunido en la sinagoga de Nazaret. “Dios me ha  ungido. Dios me ha enviado…  a anunciar el año de gracia del Señor”, el año jubilar. Y no continuó. La gente que más o menos sabía de qué iba, se extrañó que Jesús callara unas palabras que todos esperaban oír: El día que el Señor hará justicia… Un pueblo oprimido no comprendía que el  predicador no aprovechara la oportunidad para proclamar la deseada intervención de Dios castigando a los enemigos de Israel. Primero se admiran de estas palabras de gracia, de fiesta y de jubileo. Después empiezan a cuestionarlo: a éste lo conocemos. Es el hijo José, el carpintero. Que realice en Nazaret los milagros que hacía en  Cafarnaum… Que se vea que eres del pueblo.
3. Ya hemos oído la respuesta de Jesús. Si queréis un profeta desautorizado, id a su pueblo o a su barrio o a su parroquia. ¿Cómo nos puede dar lecciones alguien que conocemos desde pequeño? Jesús les pone el ejemplo de Naamán, el leproso extranjero que Eliseo curó. ¡Y tantos de leprosos como había en Israel!  Elías socorrió en tiempo de hambre a la viuda de  Sarepta, un país no judío, ¡y tantas viudas como  había en Galilea! La admiración inicial y el  desprestigio posterior acaban en guerra abierta. Lo quieren  despeñar monte abajo. Pero Jesús continuó su camino entre ellos. Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó.  Se cumplía aquí aquello de san Juan: Vino a los suyos y los suyos no lo acogieron. Sin darse cuenta, anuncian la muerte y la resurrección de Jesús.
4. Y en medio de este ambiente profético, hoy leemos el núcleo del mensaje de Jesús: el himno al amor. Valdría la pena repetirlo hasta aprenderlo de memoria. Sin amor no sería nada Jeremías ni sería nada Jesús de Nazaret. En cambio con el fuego del amor, incluso el cristiano más pobre, más necesitado, enfermo y desvalido, puede encender y calentar la tierra.

5. Toda cualidad humana, viene a decir san Pablo, cualquier esfuerzo o sacrificio por  filantrópico que sea, si no tiene el  calorcillo del amor no vale nada. Hablar todas las lenguas, saberse la Biblia de memoria y todos los documentos del Vaticano II, y obrar maravillas; si no amo no soy nada.
6. El amor tiene todo una constelación de bondades: es como un prisma atravesado por un rayo de sol. El que ama es paciente, es bondadoso; no es envidioso, no se cree más y ni mejor que nadie, no es mal educado, no se cree centro del mundo, no vuelve mal por mal, no es hipócrita, es sincero y honrado. Lo comprende todo, se abre siempre a la confianza, no pierde nunca la esperanza, es capaz de aguantarlo todo. El amor no pasa nunca.
7. De momento, mientras vivimos, columbramos a Dios en la lejanía y como entre la niebla. Pero cuando lo veamos cara a cara, ya no hará falta la fe porque ya veremos a Dios tal como es; ni habrá que esperar nada, porque ya poseeremos lo que tanto deseamos. Pero permaneces siempre. No pasa nunca. Nos unirá inseparablemente de Cristo y seremos uno con Él.
8. Santa  Teresita, cuando leía 1ª a los cristianos de  Corinto se desalentaba. No tenía ninguno de los “carismas” de que gozaban los corintios. Era una sencilla monja encerrada entre los cuatro muros del convento. Cuando leyó el himno del amor, se le ensanchó el corazón. El amor lo mueve todo: a los profetas  y a  los misioneros; a los Cáritas y a las enfermeras; a los cristianos de a pie y al Papa de Roma. Todo y a todos. El amor incluye todas las vocaciones, abarca todo tiempo y todo espacio. Es el foco, es el centro. Es eterno. Como Dios, porque Dios es amor. Ya veis si lo tenemos fácil. Podernos ser el corazón de la Iglesia amando intensamente,  impetuosamente, universalmente. Y mientras durante el jubileo de la misericordia recorremos nuestro camino y expresamos nuestro amor practicando las obras de misericordia, recordemos lo que escribió san Juan de la Cruz: en el  último  día  seremos  examinados de amor. 

Texto: J. Sidera cmf
Foto: Cultura y Fe hoy

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