lunes, 25 de enero de 2016

DOMINGO III: NTRA. SRA. DE LA PAZ, SAN FRANCISCO DE SALES Y JORNADA DE LA INFANCIA MISIONERA

1. Como acabamos de leer Esdras, sacerdote y maestro notable, ocupa una tribuna, abre el libro   de la Ley y empieza a leer con claridad el texto hebreo. Algunos ayudantes  exponen el sentido de lo leído, para que todo el mundo lo entienda. El pueblo se pone en pie, como nosotros para escuchar el evangelio. Levanta las manos y responde Amén. Es verdad. Pero es tan grande el contraste entre lo que Dios manda y lo que ellos hacen que se echan a llorar de pena. Pero nada de llorar. Hoy es un día santo y festivo. Ahora toca celebrarlo con una buena comida compartida con quien no  tiene qué comer. El gozo del Señor será vuestra fuerza. ¡Sí, el gozo del Señor será nuestra fuerza!!!!

2. Jesús llega a Nazaret empujado por la fuerza del Espíritu Santo. Ya es famoso en Galilea que acaba de recorrer anunciando la buena nueva de Dios. En la sinagoga se levanta a hacer a lectura. Despliega el rollo del profeta Isaías y lee: 1) El Señor me ha ungido –me ha cristificado- para anunciar la buena nueva a los pobres, es decir, a la buena gente fiel y sencilla, sin voz ni voto, y a menudo oprimida. 2) El Señor me ha enviado. Jesús es Mesías –ungido, Cristo- y enviado. Es el testigo del amor de Dios y el mensajero de este amor. Anuncia a los cautivos la liberación y a los ciegos la recuperación de la vista. Dejar en libertad a los oprimidos; proclamar el año de gracia del Señor. El año de gracia era el año jubilar en que se dejaba descansar la tierra, las propiedades volvían a sus primeros amos y los esclavos israelitas recuperaban la libertad.  Con esto podremos entender mejor el sentido del jubileo de la Misericordia que este año celebramos.
3. Jesús enrolla el libro, se sienta como maestro y pronuncia una palabra importante: Esto que acabáis de oír, HOY en presencia vuestra se ha cumplido. La palabra de Dios es eterna, es decir, actual y dirigida a la gente de hoy. La reacción de los asistentes fue primero de admiración,  luego de rechazo. Es un compendio de la vida de Jesús, acogido por unos y crucificado por otros. Y la historia todavía continúa.
4. El Espíritu de Jesús –ungido y enviado- ha ungido y enviado a los cristianos a continuar el mensaje de Jesús. Para ello ha hecho de nosotros un solo cuerpo, con muchos miembros y con funciones diferentes pero con una profunda unidad. Todos habéis sido bautizados en un solo Espíritu. Todos participáis de un mismo pan. Vosotros sois el Cuerpo de Cristo y miembros suyos. Queda eliminada la diferencia y la rivalidad entre judíos y no judíos, esclavos o libres. Todos somos hijos y todos nos dirigimos a Dios como Padre.
5. Como iglesia somos la manifestación, la extensión y la presencia de Cristo en nuestro ambiente. Con él formamos un solo organismo, donde cada cual tiene una tarea que cumplir y capacidad para realizarla. Ahora nos toca poner al servicio de la comunidad, de la familia, de la sociedad lo que somos, sabemos y podemos como cristianos. Los cristianos de Corinto lo tenían muy claro: se sentían llenos del Espíritu y miembros activos del Cuerpo de Cristo. Protagonistas dotados de buenas cualidades, no gente pasiva y sin iniciativa, como a veces ocurre entre nosotros. Unos tenían del don de la sabiduría, otros un sentido especial para valorar las ideas, actitudes y acontecimientos. Éste tenía un don especial para atender a los enfermos, aquél tenía la gracia de dar un buen consejo a tiempo.   Los había capaces de impartir la catequesis o de predicar.  Había apóstoles –proclamadores del primer mensaje-;  profetas, capaces de aplicar la palabra a cada situación; maestros inteligentes para presentar como razonables las verdades de la fe.
6.  Pero había un problema: las personas que prestaban los servicios más humildes de la comunidad eran fácilmente menospreciados. Contaban poco dentro de la comunidad. En cambio los dirigentes y líderes tenían el peligro de creérselo y de aprovecharse de su prestigio  para dominar y acallar a los demás. San Pablo declara abiertamente la igualdad de todos. Todos, sin excepción, somos protagonistas en la construcción de la comunidad cristiana. Todos podemos hacer que Dios sea conocido y amado de todos, y que todos, sea cual sea nuestro lugar en la familia, en la parroquia, en el obispado, en la iglesia universal nos amemos como Jesús nos ha amado. Que cada uno de nosotros ponga lo que sabe, es y puede, al servicio de nuestros hermanos, vecinos, conciudadanos o compatriotas.
7. Si de veras nos lo creyéramos haríamos aflorar de nuestro corazón la fuerza del Espíritu y nos sentiríamos como Jesús ungidos y enviados a proclamar el año de gracia del Señor. Y nuestra comunidad, que gracias a Dios es bastante viva y activa, todavía haría más contagiosa la alegría del evangelio que es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Jesús.


Texto: J. Sidera cmf
Foto: OMP

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