domingo, 31 de enero de 2016

DIA MUNDIAL CONTRA LA LEPRA

El día mundial contra la lepra se celebra el último domingo de enero de cada año.
Traemos un artículo publicado en El Mundo por Pedro Simón y Sergio González sobre esta enfermedad casi extiguida, pero que nos recuerda que todavía existe la última leprosería en Europa situada en Fontilles (Alicante).
Desgraciadamente no se menciona la labor de los jesuitas, fundadores del centro, que prestaron su atención y esfuerzo, así como a las Hnas. Franciscanas. Es lo habitual en la mayor parte de la prensa.


San Damián de Molokai

Allí sigue el anciano desde que ingresó con lepra en 1957.Cuando Francisco Rodríguez entró con el cuerpo lleno de bultos a la leprosería de Fontilles (Alicante), Fidel Castro aún seguía combatiendo en Sierra Maestra, Cela acababa de ser elegido académico y el Real Madrid alzaba su segunda Copa de Europa.
Allí sigue el viejo pabellón para matrimonios infectados.
Allí sigue el cementerio de leprosos.
Y allí sigue el muro patibulario -tres kilómetros de largo, tres metros de alto y medio metro de grosor- que rodea el conjunto de edificios. Levantado en mitad de unos riscos para confinar a los enfermos de los que todo el mundo huía. Hasta sus propias familias.
-Llegué aquí en 1957. Con veintitantos años. Me salían tubérculos en la cara, en las manos, en los brazos...
-¿Y dolían?
-Sí, claro... Mi padre estuvo 10 años sin venir a verme.
El dolor.
Si usted es de los que piensa que el leproso tiene el rostro carcomido, los pies tullidos y los ojos llagados; si se imagina a un andrajoso que camina haciendo sonar una carraca para advertir a los sanos de su presencia; si cree que tocarles conlleva el contagio letal, entonces a lo mejor le conviene pararse unos minutos a leer este artículo.
A la primera que le vendría bien leerlo es a la mujer del cronista, que nada más escuchar a dónde iba a viajar el marido se quedó con la cuchara de la sopa parada a mitad de camino de la boca.
-Me voy a una leprosería. En Alicante. La única que hay en Europa.
-Ya puedes tener cuidado.
A la segunda que le vendría bien leerlo es a la mujer del fotógrafo.
-Tengo que ir a hacer fotos a una leprosería.
-Di que no. Diles que tenemos un niño pequeño.
Nada justifica semejante cautela en el sanatorio de Fontilles. Ni el número de internos (entre estas paredes viven 29 residentes que pasaron la enfermedad y hay 35 enfermos en tratamiento ambulatorio). Ni la prevalencia de la enfermedad(en España sólo se dan entre 15 y 20 nuevos casos por año). Ni las posibilidades actuales de contagio (el largo tratamiento multiterapia que se aplica desde 1982 mata el 99,9% de la bacteria desde la primera dosis).
Nada justifica semejante cautela, decíamos. Ni por supuesto lo que le ocurrió una tarde a Abilio Segarra, un residente que ingresó con 17 años y que hoy -en estas páginas, por primera vez- le está diciendo a mucha gente de su entorno una cosa que no sabían: él tuvo la lepra.
-Varios del sanatorio fuimos a una obra de teatro a Murla, entramos a un bar por hacer tiempo, íbamos a tomarnos una cerveza. Nos reconocieron y nos echaron... Fue lo mismo que le pasó a mi abuelo, que también estuvo enfermo de lo mismo. En cuanto se enteraron de que era leproso, le sacaron de la taberna y quemaron el taburete en el que se había sentado.
¿Todavía sigue el estigma?
-Claro. Muchos familiares se me han muerto sin saber que fui leproso. Otros ni siquiera lo saben. Mejor no hablar de esto.
En el mundo occidental -donde la lepra ha sido prácticamente erradicada-, la última leprosería de España es también la última leprosería de Europa. Visto desde la balconada en la que estamos, frente al vetusto pabellón principal, las 73 hectáreas que ocupa la finca ofrecen un aspecto a mitad de camino entre un balneario y un presidio. Porque una sutil mezcla de las cosas fue o es.
Como pasa muchas veces en el periodismo, para entender el lugar no sólo hay que abrir mucho los ojos. Sino también cerrarlos.
Desde que el sanatorio abrió sus puertas en 1909, el centro fue creciendo hasta constituirse en un auténtico pueblo de leprosos, con 400 enfermos viviendo intramuros. Había una herrería y una carpintería, una panadería y una peluquería, una zapatería y una imprenta, una banda de música y hasta un camposanto.
Hoy, los últimos de Fontilles no quieren hablar de muertos. Sino de vida.
Debe ser que los residentes no tienen costumbre de que se les toque: cada vez que les tendemos la mano para estrechársela, nos quedamos con ella suspendida en el aire.
"Todo empezó aquí cerca, en un pueblo llamado Parcent, a finales del siglo XIX: allí, de los 800 vecinos, 60 tenían lepra. Y en muchos pueblos de la zona pasaba lo mismo. Por eso se creó este espacio, para tratarles", explica el doctor José Ramón Gómez, director médico de la leprosería. "Se buscaba un lugar con terreno y agua, abierto al mar, porque entonces se decía que los enfermos podían tener malos olores", señala a lo lejos, donde asoma el Mediterráneo. "La enfermedad afecta mucho a la piel, al sistema nervioso periférico, los enfermos pierden el tacto, el sentido del calor y del frío, tienen úlceras; a la bacteria le gusta vivir en los nervios y los pacientes sufren mutilaciones. Desde el punto de vista estético generaban mucho rechazo porque daban miedo".
La culpa es de las malas lenguas y de las buenas películas. De la escena del valle de los leprosos de Ben-Hur. De la secuencia de la isla de contagiados de Papillón. Del final de Molokai. De La ciudad de la alegría. De todo ese imaginario que nos pinta a los leprosos como zombis vivientes que se te llevan al otro mundo.

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