viernes, 11 de diciembre de 2015

III DOMINGO DE ADVIENTO DE 2015

1. El profeta Sofonías hacía esta invitación a la alegría a los ciudadanos que malvivían en una ciudad amenazada de destrucción. No temas. ¡Alégrate! Tienes dentro de ti al Señor, el Salvador poderoso. Os ama y os salvará.  No sé si se han fijado que, cuando el evangelista san Lucas describe la anunciación a María pone en labios del arcángel san Gabriel las palabras del Profeta  Sofonías: Alégrate, el Señor está contigo, está dentro de ti. ¡No temas! Le pondrás el nombre de Jesús = Salvador poderoso. En María Dios se acerca a nosotros para salvarnos y liberarnos.  Podemos estar contentos y alegres.
2. San Pablo nos invita también a la alegría: una alegría cordial, cariñosa, que disfruta haciendo felices a los demás. Es portadora de paz en un clima de serenidad, de afabilidad y de bondad. Una paz que nace de una comunicación fluida con Dios. Una paz que se nutre de la oración que toma forma de súplica en favor de toda la comunidad cristiana y que se desborda en la Eucaristía que quiere decir acción de gracias.
3. Juan Bautista con sus exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva: Preparad el camino al Señor.  Los que se lo tomaban a broma. ¡Nosotros, somos hijos de Abraham! ¡Qué mejor seguro de vida! Pero el Bautista los saca de su inconsciencia con unas palabras que si el predicador las dijera, le apedrearíamos y con razón: ¡Raza de víboras! De nada os servirá ser hijos de Abraham si no vivís como él. Ser hijos de Abraham supone andar como él a la presencia amorosa de Dios. Dios no necesita de santones pasotas como vosotros. Puede hacer de las piedras hijos de Abraham.
4. La buena gente, la pobre gente se estremecía al oír estas palabras y preguntaba a Juan qué habían de hacer. Y Juan, - implacable con los que se creen fuertes y seguros, es todo ternura y bondad con los débiles, con los “anónimos” aldeanos que hacen el trabajo como pueden y, a cambio, reciben varapalos o el desprecio.
5.  ¿Qué hemos que hacer? Algo tan sencillo como esto: Establecer una nueva relación de confianza humilde con Dios. Aceptando su perdón. Su amor para sus fieles es tan inmenso como la distancia del cielo a la tierra. Como un padre se  apiada de sus hijos, el Señor se apiada de sus fieles, porque sabe de qué barro nos formó. Y esta relación de confianza en la bondad de Dios nos lleva a establecer una nueva relación con los demás.
6. Había tres clases de personas especialmente menospreciadas: 1) la gente de la calle, cualificada de gentuza por los sabios y los santos del tiempo, porque no cumplían todas las normas de la Ley. 2) Los  publicanos: eran malos porque cobraban los impuestos en nombre de los romanos y se aprovechaban de su oficio en beneficio propio. 3) Los soldados que hacían de la violencia casi una norma de vida. Pues, no, buena gente, les dice el Bautista. No hace falta que os  vayáis al desierto a llevar una vida austera. No, no. El camino de Dios pasa por vuestra vida de cada día. Quedaos donde estáis. Eso sí, aprended a vivir con amor, con solidaridad con los necesitados, con respeto a las personas y a sus bienes. Parece como si San Juan Baptista se adelantase a hacer la campaña de Navidad. Compartir lo que sois y lo que tenéis. ¿Dos vestidos? ¿Alimentos? ¿Conocimientos?
7. A los  publicanos venía a decirles: todo el mundo vive enamorado con el estado del bienestar: comunicaciones, sanidad, educación… Todo esto tiene un precio y hay que pagarlo entre todos. Cobrad pues los impuestos: es un deber cívico de primera necesidad. Pero sin extorsionar, sin pedir más lo estipulado. ¿Y los soldados o las fuerzas de la orden? Ni extorsiones ni calumnias. Contentarse con el sueldo... En una palabra: se trata de hacer bien; lo que hemos de hacer, con respeto y solidaridad, con amor y generosidad. El camino de Dios pasa por nuestro propio camino. No fuera de nosotros ni lejos de nosotros.

8. Juan es honrado. Él no es el Mesías. Es solo su precursor, el que le prepara el camino. El que bautizará con la fuerza de Dios y con el fuego del Espíritu es Jesús. Jesús que se presenta disfrazado de pobre,  hambriento, sediento, enfermo y forastero y encarcelado. Si os queréis encontrar con él, recordad que lo que hacíais al más pequeño y desvalido a mí me lo hacíais.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: Museo del Prado, Madrid

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