sábado, 28 de noviembre de 2015

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO DE 2015

1. Empezamos este  adviento con más miedo que esperanza. El tiempo que vivimos no convida a muchas alegrías: las Torres gemelas, los atentados de Atocha, el del metro de Londres, los ataques terroristas de Paris. En el recuento no  entran –¡porque quedan lejos de nosotros!-  los 22  países donde los bautizados son expulsados, perseguidos y masacrados: el abril pasado, en Kenia, fueron asesinados 147 universitarios africanos sólo por ser cristianos y no conocer el Corán.
2. Las potencias europeas, al parecer, sólo actúan cuando los tocan sus intereses económicos o su seguridad. Y antes de preguntarse el porqué de todo esto, llaman a la guerra con todos sus horrores. A pesar de las trágicas experiencias de la historia contemporánea,  no han aprendido aún la violencia trae más violencia. Pedro, déjate de espadas; que el que a hierro mata a hierro muere. Pero hay lugar para la esperanza: miren lo que escribe a los terroristas un buen hombre de París: Este pasado viernes, al anochecer, robasteis la vida de un ser excepcional, el amor de mi vida, la madre de mi hijo, pero no obtendréis mi odio. No, no os quiero hacer este regalo de odiaros. Señor, que donde hay odio, pongamos amor.
3. Jesús es un buen observador: observa con realismo las acciones y reacciones de la gente y los acontecimientos. La historia es cómo es. Los hechos son cómo son. Y se pregunta el porqué de todo esto. Está claro que Dios no quiere el mal. Quiere siempre nuestro bien. Entonces ¿cuál es el bien que podemos sacar de tanto de mal? Y como que su alimento es hacer la voluntad del Padre, aprende a mirarlo todo  desde el ”hoy” de Dios, si bien es cierto que ello no lo inmuniza de sufrir el silencio de Dios cómo lo podemos sentir y sufrir nosotros.


4. Por esto,  mientras anuncia la destrucción del Templo de Jerusalén con todas sus trágicas consecuencias, acaba con una  exhortación a la esperanza: Levantad la cabeza bien alta, porque muy pronto seréis liberados. Mantened el corazón encendido y la cabeza fría. No podréis arreglar el mundo, pero tenéis en vuestras manos la capacidad de arreglar una porción de él, por exigua que sea. Estad atentos y vigilantes. Continuad vuestra vida normal: comer, beber, trabajar, divertiros, tomaros seriamente vuestros negocios y proyectos de futuro. Con una condición: que el exceso de diversión o la preocupación de los negocios no os priven de la capacidad de reaccionar. Orad, por favor. Dedicad un tiempo a meditar, a pensar, a conversar con Dios. Mantened por todas partes y siempre una buena relación de amistad con Dios y con quienes nos rodean. En una palabra: “Vivir en gracia de Dios” como  decíamos antes. Obrando así nos podremos mantener de pie ante el Hijo del hombre cuando nos llegue la hora. Aunque esta hora nos encuentre en el bar o en el restaurante, en la calle o en la playa, en el trabajo o en una la sala de fiestas cuando irrumpe violentamente un pelotón de asesinos por  tronchar nuestra vida. Nunca nadie podrá  tronchar nuestra relación de hijos de Dios.
5. Cuando Jesús anunciaba la caída de Jerusalén, todos pensaban que anunciaba el fin del tiempo, el fin del mundo. Era una catástrofe cósmica. Pero Jesús  sabe ver los brotes verdes que anuncian la primavera después de un crudo invierno. Él sabe que con su muerte y resurrección inaugura un tiempo nuevo para la comunidad cristiana naciente. Los primeros cristianos vivían bastante tranquilos: iban al Templo, lo tenían todo en común, no  había pobres.  Cáritas funcionaba a la perfección. Nunca se habrían movido del nido. De repente sopla con fuerza el huracán de la persecución promovida entre otros por el fanatismo de  Saule antes de llamarse Pablo y obliga a la Iglesia a abrirse a las naciones. La Iglesia descubre  un culto desvinculado del templo y de cualquier lugar concreto. Se reúne entorno a Cristo Resucitado, celebra la Eucaristía, escucha la Palabra, guarda el mandamiento del amor. Y anuncia por todas partes el gozo del Evangelio.
También hoy, la Iglesia debe evitar la tentación de atarse a un pueblo o a un santuario o a una imagen por venerable que sea, o a un grupo cultural privilegiado. Nos lo recuerda un día sí y el otro también el Papa Francisco: oler a oveja, salir de nuestro gueto, ir a las periferias, a propagar sin complejos nuestra fe, a ser luz y sal y fermento de renovación y de vida en nuestros ambientes.
6. El adviento nos  invita a la esperanza de un tiempo mejor que lo será si nosotros, con nuestro comportamiento cristiano, ayudamos a Jesús a hacerse presente en este mundo nuestro.

Texto: J. Sidera cmf
Foto: amigoscatolicos.org

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