domingo, 15 de noviembre de 2015

ENTRE LA DESCOMPOSICIÓN Y UN ORDEN NUEVO


En este final del año litúrgico la Palabra de Dios nos coloca cada año ante el final del orden presente, al que seguirá un orden o un mundo nuevo. La Palabra de este domingo nos hace una llamada a reavivar nuestra confianza en Dios y nuestra responsabilidad en hacer de éste el mejor de los mundos posibles. No dudamos de que Dios está a favor nuestro. Pero también sabemos que comparada con los tiempos de Dios, nuestra vida es solo un instante, un soplo. Qué torpes somos en descubrir los hechos que ocurrirán quizás mañana, y seguimos como si tal cosa, sin prever ni proveer a eso que un día cualquiera nos ocurrirá.
Observemos algunos de estos signos. Eliminamos los crucifijos de escuelas y lugares públicos, fomentamos el estado del bienestar a toda costa mientras nuestros jóvenes crecen en su mayoría con grandes heridas en el cuerpo, alma i espíritu, con suicidios y con familias rotas, punta de iceberg, de una sociedad que se hunde. La exaltación y protección de toda clase de desórdenes morales presentados o impuestos como humanamente aceptables va unida a la animadversión hacia todo lo que procede de la tradición cristiana. La traición de muchos políticos a su vocación de servicio nos desanima y nos lleva a votar a políticos que no merecemos... Son signos de los tiempos, signos de descomposición, que nos negamos a aceptar por no herir nuestra esperanza únicamente humana. Nuestra vieja Europa, ya sin relevo demográfico, se ha convertido en un pasto cualquiera a disposición de cualquiera, sin otro rumbo que el mercado de las finanzas, de las armas, de una seguridad económica que puede durar lo que un apagón informático... que lo borra todo.
Estos días se ha divulgado un cartel que decía: "Orad por París". Y rápidamente unas víctimas francesas de otros atentados han exclamado: "¡No queremos más religiones! ¡Queremos vida, juego, champagne! Esta es la miseria espiritual de Europa. Ha llegado un momento en el que nos da igual la muerte que la vida, no podemos hablar a los niños de la oración, del cielo o del infierno, ni de Jesús ni de sus milagros, y en cambio, crecen creyendo toda clase de supersticiones y fantasías. Una gran masa de nuestros creyentes no practicantes malvive en tantos hogares con un cristianismo de tradiciones que no llega ni para mantener el cuadro de la santa cena en el comedor... la incomunicación entre familiares que nos ha recordado el papa Francisco, padres que no saben qué hacer con sus hijos... Mientras las sectas, la droga, la industria pornográfica, mueven a masas teledirigidas que obedecen... Los abuelos van muriendo abandonados en tristeza crónica, la matanza de inocentes en el vientre de miles de mujeres (nunca tan maltratadas como en nuestros tiempos a pesar de las leyes) sucede junto al espectáculo de ver parlamentarios de aquí que lucen en sus camisetas: "con mi cuerpo hago lo que quiero"... pues también los fanáticos hacen con su cuerpo lo que quieren suicidándose para matar por todo el mundo... ¿y aquella preciosa teología del cuerpo de la vida cristiana expuesta bellamente por San Juan Pablo II? Está en el baúl de los recuerdos catalogada de retrógrada y poco moderna... Ante todo esto... la Iglesia, hoy y siempre,  recuerda las palabras del Señor que nos pone en sobre aviso sobre la gran tribulación. Quiere que lo sepamos para que ese día no nos coja desprevenidos, desprovistos de lo único que en ese día nos valdrá, su divina gracia, su amistad y su favor. Sus palabras no pasan, su poder y majestad nos atraen, no nos espantan. Pensemos en todo eso y hagamos propósitos.

Texto: P. Montagut
Foto: archivo Cultura y Fe Hoy

No hay comentarios:

Publicar un comentario