viernes, 28 de agosto de 2015

¿DE QUÉ COLOR SON LAS FIESTAS?

Pues depende, oiga. La respuesta no existe como universal; existe como personal “y vas que chutas”, que diría un cualquiera. Los tiempos no son buenos ahora mismo. Hay gente a la que le va bien la vida, vale. Pero a muchos les va mal: en salud, en afectos, en ánimos e ilusiones, en proyectos y en dineros. Pero, y a pesar de todo, la ciudad se dispone a hacer sus fiestas y dicen los programas, desde siempre, que “en honor de la Natividad de Nuestra Señora”, “en honor a San Mateo”, “en honor a San Lorenzo”, “en honor a la Virgen del Patrocinio”, etc. Muy bien dicho. A ver si se nota, por lo dicho, por dónde van los protagonismos del asunto que, a veces, hay gente algo despistada por ahí.


Quizá sea un buen color para la fiesta seguir creyendo en la bondad de la vida y tomar fuerzas para hacer después, cada día y simplemente, lo que hay que hacer: levantarse, trabajar, luchar por la familia y vivir dignamente mientras se escuchan noticias indignas. La bondad de la vida es la que hace posible la fiesta. Como se queden sin bondad las personas y las fiestas, nada de nada: fuegos artificiales pero sólo el humo.


Romper el ritmo de lo cotidiano, hacer un alto para respirar despacio y vivir la alegría de estar con los amigos, ponerle un punto de humor a lo más arisco de la vida y relativizar lo serio, dejar que el reloj se pare un poco, comer y beber para celebrar la fiesta, y reconciliarse con lo menos reconciliado, son buenos colores para la fiesta. Ah, y no hace falta, no hay colores apropiados para eso, liarse con gastos superfluos para hacer fiesta. El color, si acaso, lo da la solidaridad y la fraternidad con los que tienen menos. De la fiesta nadie debe sentirse excluido y este sería el mejor color: fiestas de todos y para todos porque ayudan a todos. 



Texto: J.M. Ferrer
Foto: archivo Cultura y Fe Hoy

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