jueves, 18 de junio de 2015

LOS CENTROS CONCERTADOS DE PRIMARIA-SECUNDARIA-BACHILLERATO, LAS UNIVERSIDADES CATÓLICAS Y… POCO MÁS.

De todos es conocido que llevamos alrededor de 35 años en los que la cultura, la educación y los medios de comunicación están en manos muy mayoritariamente de entidades, grupos e individuos ajenos o contradictorios del modelo de vida cristiano. Estos tres pilares íntima y directamente relacionados con la persona, el entorno y las relaciones sociales, son básicos para la formación, desarrollo educativo, social y comunitario de la persona. Ya conocemos que la familia es el núcleo fundamental y básico, pero este elemento de la vida personal no lo incluimos en esta reflexión ahora, aunque está muy directamente relacionado con los anteriores, sobre todo con la educación.

En los últimos meses, como es ya habitual desde hace años, se ha elaborado una campaña para la inscripción de alumnos en clase de religión católica. Aunque parezcan las cifras algo esperanzadoras, la familia y la escuela-universidad católicas no acaban de responder y de estructurar hasta el “final” la educación de nuestros niños y jóvenes.

Según la Conferencia Episcopal Española, 2.028.539 alumnos estudian Religión católica en centros públicos. El 51,9% de los estudiantes cursan Religión en escuelas estatales. Y 3.521.370 alumnos la cursan en España, el 63%. El 36,8% de los alumnos de la ESO optan por ella en centros públicos. Estas cifras parecen un inmenso océano de optimistas y emprendedores alumnos amparados y alentados por sus profesores. Pero el resultado final no es así[1]. Y nos referimos a un resultado óptimo el que serviría para que la gran mayoría de los alumnos fuesen ejemplares personas de bien, amantes de la forma de vida católica (weltanschauung o instalación vital cat) y fervientes cristianos (fe asumida por la práctica) capaces de presentarse con ese marchamo en cualquier sitio y ante cualquier decisión.


Pero seguimos observando con estupor que en muchos centros concertados de inspiración cristiana que imparten educación Primaria, Secundaria y Bachillerato siguen contratando profesores ajenos o contrarios a los principios básicos fundamentados en el humanismo cristiano que dicen conformarles. El propio J. Maritain comprobó cómo los excesos de su propuesta/libro “Humanismo…” llevan a la desvertebración de una vida institucional y social según un modelo católico de vida.

Hay personal seleccionado y contratado por estas instituciones que participa activamente en programas políticos ajenos o contrarios a la doctrina católica; personal que manifiesta públicamente en su discurso y con sus actitudes personales, posturas y comportamientos contrarios a la fe y al magisterio de la Iglesia. Pero los centros educativos cristianos no parece que por su naturaleza se constituyan para llevar a buen puerto y encauzar a buena parte de sus profesores a la forma y contenidos cristianos al final de su vida laboral. Están precisamente para educar y formar como cristianos a los alumnos que pasan por sus aulas, con profesores y dirección posicionados, preparados e ilusionados en ello.

El profesorado fundamentalmente, aunque también el resto del personal de los centros educativos, deberían que ser personas en total consenso y conexión con la doctrina cristiana y con el magisterio de la Iglesia, siendo visible dentro y fuera de las aulas.

La contratación del personal de los centros educativos no entra dentro de los conciertos económicos ni de otro orden que se establecen entre la dirección de los centros (directores, congregaciones, fundaciones, etc.) y el correspondiente departamento, conserjería, etc. de las comunidades autónomas. Y, si puede condicionar hasta tal punto el acceso a la condición de profesorado, habría que entrar en otras cuestiones de más hondo calado.

El resultado es que muchos jóvenes al salir de las aulas de centros cristianos finalizando sus diversas etapas formativas no continúan ninguna manifestación religiosa (no se preparan y no acuden a recibir algunos sacramentos, no acuden regularmente a misa, no manifiestan ningún sentir religioso ni expresión pública de su fe, no acuden al sacramento del matrimonio, su orientación socio-política es contraria a sus fuentes formativas, etc.).

Una consecuencia de la actual educación podría ser el resultado en el referéndum sobre el matrimonio homosexual en Irlanda: el pasado 22 de mayo se celebró esta consulta popular y la afluencia de votantes fue notoriamente elevada, gracias a la participación de los jóvenes. El resultado fue un “sí” a llamar “matrimonio” a la unión legal de parejas homosexuales. Aunque si sumamos el porcentaje de “no” y los que no participaron en el referéndum, resulta que ese “si” es minoritario (participación del 60,5%, si del 62,1%, no del 37,9%). ¿Qué ocurre en la educación católica-en sus colegios- cuando un 90% de los votantes que avalaron el si habían sido alumnos de colegios de titularidad católica o con enseñanza de la religión católica en su currículum? El cardenal de Dublín se hizo esta pregunta y también nos la podemos hacer nosotros.


Pero si esto lo hemos expresado para las etapas iniciales del alumnado, veremos que la etapa universitaria en muchas universidades católicas sucede algo parecido. Ya en el año 2004 el profesor Carlos Díaz escribe[2]:

¿Qué pasa con el “humanismo cristiano”?
Compitiendo en el mercado de la relación calidad-precio, los centros católicos de enseñanza reducen la calidad de la enseñanza a una supuesta “calidad”: la archiclásica Universidad Pontificia de Salamanca, apenas sin alumnos de teología y de filosofía, aunque anegada en alumnos de informática, importante fuente de ingresos; también la elitista Universidad San Pablo CEU, oficialmente reconocida como de “inspiración cristiana”, pero donde la religión se enseña vergonzantemente en condiciones de disimetría curricular; ahí tenemos al Instituto Calasancio de Ciencias de la Educación, de espaldas a la creación de profesionales católicos en cuanto que tales y entregado a las ortofonías, las logoterapias y los cuidados de carraspera.

Eso sí, como atacados por el mal de piedra, remozan edificios vetustos, readaptan, reacondicionan, reciclan y rediseñan aulas conforme a las exigencias cada vez más voraces de una Administración insaciable, dan el pistoletazo, y, hale hop, a competir con los rivales en equipamiento, infraestructura, disciplina, estadísticas, toda sea por el santo prestigio y el buen nombre de nuestra gloriosa institución. ¡Ay, la cultura de la apariencia y su correspondiente banalización de las propias competencias, y cúan pobrecita dedicación a la escuela de la justicia! ¿O se le llama sostener la religión con alfileres, pan para hoy y hambre para mañana?

Si la inspiración de los centros confesionales con ideario católico fuera real, profesión y vocación coincidirían. Pero, barrida esa inspiración por el dinero, los profesionales de las universidades privadas católicas, que a diferencia de los de la pública carecen de poder y de reconocimiento, coinciden con sus colegas “públicos” en reducir la profesión a modus vivendi, desplazando la docencia hacia los bienes extrínsecos y, por un efecto perverso, el club universitario católico termina siendo un club elitista para la captación de amigos influyentes. En cambio los “bienes propios” quedan marginados, tornándose extrínsecos: se ha abierto la veda de las éticas de los negocios con sus “códigos éticos” encuadernados con la piel de los pobres de la Tierra.

(…) En efecto, ciertas universidades españolas, mexicanas, paraguayas, brasileñas y de otros países, fundadas en tiempos pretéritos bajo el signo de la identidad cristiana, hoy no conservan de ellas más que un vago recuerdo, de forma que su “inspiración” tiene mucho de “expiración”, y su ideario mucho de bestiario; si no fuera porque así lo afirman las solemnes actas fundacionales, ni lo más avispados reconocerían allí algo específicamente cristiano pues en sus cátedras pontifican profesores posmodernos, papás rabiosamente neoliberales, y todo cuanto de “mundo, demonio y carne” anda suelto. Ya que estas instituciones no han querido ir al desierto de la realidad con Cristo al fondo, ha venido a ellas el desierto de la exterioridad con Mammona como paisaje.

No obstante, algunas de estas instituciones parecen desear volver a sus proyectos originarios, aunque temen ser tildadas de reaccionarias, pues su problema es que la reorganización o reorientación de la universidad según la identidad cristiana ahora redescubierta (más vale tarde que nunca) resulta incompatible con la permanencia en sus cátedras de los maestros agnósticos e indiferentes que en ellas sientan doctrina sin ninguna sensibilidad respecto del ideario fundacional, dándose la paradójica situación de que, para garantizar la permanencia y la libertad de tales docentes a los que en su día reclutaron sin exigirles ningún perfil específico, la institución misma ha de declinar el ejercicio de su propia libertad. ¿Qué hacer, pues, con esas universidades que parecen haber apostado por una “refundación” católica hacia lo que ellas denominan humanismo cristiano? ¿Será el célebre humanismo cristiano lo que más necesiten esas instituciones fuertemente vinculadas a las clases altas, que por su parte han apostado dinero e influencias en favor de dichas instituciones? En tales maquiladoras de profesionales se licencian y doctoran neotiburones liberales de cualquier calaña. ¿Qué han hecho esas universidades sino “tapar el ojo al macho”, ponerle anteojeras para que actúe sin otro criterio de racionalidad que el de la extracción de plusvalía a cualquier precio, es decir, para dorar la misma píldora de siempre? Cada vez que oigo la expresión “humanismo cristiano” me pongo a temblar: ¿quién sacará el revólver esta vez?

Obviamente esas instituciones (instaladas entre la apostasía y la gomina de adornar cabellos vacíos, pues para alcanzar la condición de herejes hubiera hecho falta mayor ambición intelectual) saben que lo cristiano es irreductible a un mero adjetivo, o sea, a dar cursillos sobre cultura humanista cristiana, sino que debe ser su alma, corazón y vida; saben que tampoco se trata de cristianizar la ciencia o la técnica; saben, en fin, que urge el diálogo institucionalizado entre ciencias, técnicas, y antes, así como entre la filosofía y la teología, y entre éstas con todas las demás.

Pero del dicho al hecho va mucho trecho, de ahí la ambivalencia de su retórica que los hechos niegan: tus hechos te coronan, no tus palabras. En resumen, el fariseísmo se ha instalado en el corazón universitario cristiano. (… ).

La Iglesia es la Asamblea de los hijos del pueblo de Dios… pero no, ¿no?, de todo el que pase por ahí, señores responsables de la contratación de empleados de las instituciones de origen… católico. ¿Se creen todavía instrumento de Dios según sus criterios, los de Dios?





[1] Alfa y Omega, nº 933;11-06-2015.
[2] Carlos Díaz, "Abandonar la cultura de la barbarie", Acontecimiento nº 73 (2004) p.37-39.

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