lunes, 30 de marzo de 2015

REZAR EN SEMANA SANTA.

Será con el silencio de Castilla. O con las imágenes de Andalucía. O con los tambores de Aragón. Pero en Semana Santa, o se reza, o pura exterioridad.
Rezar se puede. Y rezar se sabe. No hace falta tanto. Vale mirar hacia dentro y ver que hay un misterio que nos envuelve. Hace ya millones de años que el hombre es religioso. Desde que piensa. Desde que se sabe vivo. Desde que sabe que tiene que morir. Desde que ama.
Rezar no es ser siervo de nadie. No es oscuridad del alma, ni perder seguridad, ni alejarse de la autonomía. Más bien rezar es ser, ser libre y atreverse a salir de sí mismo porque se descubre que hay un Tú que se llama Dios y otro tú que son los otros. Nunca se reza solo. Siempre se reza en compañía. Es lo más relacional que existe.
Se reza si se busca el centro, si se desea el equilibrio para interpretar lo que sucede, si se siente que se puede esperar a pesar de la noche. Pero no es la oración de la quietud que se busca en una energía solitaria y lejana sino que es la comunicación ferviente con el ser de la vida, del único que es vida, y que es Dios.
Además, ese Dios, el Dios de la Semana Santa, es Dios encarnado, que ama, sufre y muere. Y tan Dios que resucita. Y tan cercano que está en el próximo más próximo y habita en todos los que ha creado sin importarle, por eso mismo, ni las razas, culturas o colores.
Hay motivos y razones para rezar en Semana Santa. Sólo hay que hacerlo.

El autor de este artículo es J. M. Ferrer. Es delegado de medios de comunicación de la diócesis de Barbastro-Monzón.
La fotografía es propiedad de este blog.

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