jueves, 19 de marzo de 2015

DE COLOR Y DE ESPERANZA

Así hay que vivir. No de oscuro y pesimismo. La vida es dura, el mundo frágil, no han durado y se han ido las ideologías, no sirven los simples propósitos y nada es perfecto entre nosotros. Pero hay una vida nueva: desde la conversión. Huy, qué palabra tan antigua. Pero necesaria. Siempre lo ha sido. Es llamada a una vida nueva de color y de esperanza. ¿Y si una vida convertida fuera una vida de esas que producen subidón del ánimo?

Lo de la conversión va con lo religioso, sobre todo. Y es “volverse a” alguien o a algo que no se tenía o se había perdido. Cuando uno “vuelve”, experimenta que vive otra cosa distinta, muy distinta, de lo de antes. Hay un antes y un después. Un convertido no es un fanático ni un ideólogo absolutista que se sitúa como superior a los demás. Es, ante todo, un ser nuevo con ojos nuevos. No han variado los acontecimientos ni las personas que le rodean. Pero sus ojos, y su corazón, ven las cosas con otra mirada, con mirada de fe, con ojos de amor, que es la única manera de ver claro.


Según un estudio del académico francés Christian Renoux, el registro más antiguo de la oración que transcribo a continuación lo constituye su aparición, como un poema anónimo, con el título Una hermosa oración para decir durante la misa. Pero se acomoda tanto a la espiritualidad franciscana que se ha difundido como el ideario vivido por el santo de Asís: “que donde haya odio, yo ponga amor; que donde haya ofensa, yo ponga perdón; que donde haya discordia, yo ponga unión; que donde haya error, yo ponga verdad; que donde haya duda, yo ponga fe; que donde haya desesperación, yo ponga esperanza; que donde haya tinieblas, yo ponga luz; que donde haya tristeza, yo ponga alegría”.

¿Será esto una conversión? Se lo pregunto a mi amigo y me dice: “No sé, esto me suena a cuaresma”. “Buen oído tienes, amigo”, le digo.

El autor de este artículo es J.M. Ferrer, sacerdote y delegado de MCS de la diócesis de Barbastro-Monzón.


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